Fukushima: 10 años más tarde

Fukushima: 10 años más tarde

10.3.2021
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Foto: Greg Webb / OIEA - El equipo del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) examina la Unidad 3 del reactor en la central nuclear de Fukushima Daiichi el 27 de mayo de 2011 para evaluar los daños causados por el tsunami y estudiar lecciones de seguridad nuclear que podrían extraerse del accidente.

Hace 10 años, el 11 de marzo del 2011, tuvo lugar el terremoto más poderoso jamás registrado en Japón­– y el cuarto en el mundo desde que existen registros modernos desde 1900–. En la costa este de Tohoku, se desencadenó un poderoso tsunami con olas de hasta 40,5 metros que viajaban a 700 km/h hasta 10 km tierra adentro en el área de la región de Sendai, matando a más de 15.000 personas.

El terremoto provocó cortes de energía eléctrica y el cierre de emergencia de los reactores activos de la central nuclear de Fukushima Dai-ichi (o Fukushima I). El tsunami, con olas de 14 metros a nivel de la planta, arrasó el muro e inundó la parte inferior de los reactores 1-4, inhabilitando así los generadores diésel de emergencia, necesarios para la circulación del refrigerante de los núcleos del reactor. Esto condujo a lo que se conoce como el "accidente nuclear de Fukushima Dai-Ichi", con la fusión del reactor, explosiones de hidrógeno y la liberación de material radiactivo en las unidades 1 a 3 entre el 12 y el 15 de marzo de 2011. El accidente de Fukushima se clasificó como nivel 7, el más alto en la Escala Internacional de Eventos Nucleares, siendo el accidente nuclear más severo desde el de Chernóbil​ en Ucrania en abril de 1986.

Hace 10 años, tuvo lugar el terremoto más poderoso jamás registrado en Japón. Se desencadenó un poderoso tsunami que mató a más de 15.000 personas, y arrasó e inundó parte de la central nuclear de Fukushima Dai-ichi

Más de 150.000 personas que vivían en las zonas cercanas a la central nuclear fueron evacuadas a partir del 11 de marzo. La evacuación provocó muchas muertes prematuras, en particular entre los pacientes gravemente enfermos hospitalizados en unidades de cuidados intensivos en el momento del accidente y entre las personas mayores que vivían en residencias de ancianos, debido al estrés y a la falta de atención médica y medicamentos. El 25% de las personas evacuadas de una residencia de ancianos de la ciudad de Minamisoma murió dentro de los 90 días posteriores a la evacuación.

Greg Webb / IAEA

 

El accidente provocó la liberación de cantidades considerables de radiactividad, principalmente de Cs-137 (liberación estimada de 6-20 PBq) e I-131 (100-500 PBq). La liberación es aproximadamente una décima parte de la que supuso el accidente de Chernóbil y, afortunadamente para la población de Japón, la mayor parte (alrededor del 80%) se depositó sobre el océano y se diluyó rápidamente en el agua. Debido a esto, las poblaciones afectadas recibieron niveles mucho más bajos de dosis de radiación que las poblaciones afectadas por el accidente de Chernóbil. En el primer año después del accidente, la dosis media entre la población del territorio de Fukushima fue del orden de 2-3 mSv, similar a la dosis media anual de radiación de todas las fuentes (principalmente naturales y médicas) en Europa.

La evacuación provocó muchas muertes prematuras, debido al estrés y a la la falta de atención médica y medicamentos

Entre 2011 y 2012, aproximadamente 25.000 personas trabajaron en el lugar de la planta de energía para descontaminar y aislar el material radiactivo, y otras más de 75.000 trabajaron entre 2012 y 2016, fuera del lugar, involucradas en actividades de remediación ambiental. La mayoría de las personas trabajadoras recibieron dosis muy bajas: 13 mSv de media entre los trabajadores in situ durante los primeros años y 2,5 mSv de media en los últimos años; entre los trabajadores fuera del lugar, se estima que la dosis anual promedio es de 1 mSv.

Se llevó a cabo un extenso programa de descontaminación durante los siguientes cinco años y esto ha llevado al levantamiento de la orden de evacuación en aproximadamente el 70% del área evacuada en los últimos años. En julio de 2020, se estima que todavía había unas 40.000 personas evacuadas.

Efectos en la salud

Con respecto a los efectos del accidente en la salud, hasta la fecha no se ha encontrado un mayor riesgo de enfermedades en relación con la exposición a la radiación y, dadas las dosis afortunadamente muy bajas recibidas por las poblaciones afectadas, se espera que cualquier aumento en el riesgo de cáncer inducido por la radiación sea demasiado pequeño para ser detectado. Se ha hallado un gran número (233) de casos de cáncer de tiroides a través de un programa de detección por ultrasonido entre aquellos que en el momento del accidente de Fukushima eran niños y niñas, y adolescentes. Dada la tendencia temporal y la distribución por edades de los casos, se considera que este aumento está relacionado con los métodos de detección ultrasensibles más que con la dosis de exposición a la radiación.

Aunque puede no haber un efecto directo discernible de la radiación, llama la atención que el accidente y las medidas tomadas para mitigarlo y reducir las exposiciones hayan causado importantes efectos sanitarios, sociales y económicos en la población. En el período post-accidente temprano, la evacuación en sí causó muertes inmediatas y evitables entre los pacientes evacuados y las personas mayores. También ha habido informes de una mayor prevalencia de obesidad, hiperlipidemia, diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares después del accidente; estos se observaron principalmente entre las personas evacuadas, lo que sugiere que es más probable que estén relacionados con cambios en el estilo de vida que con la radiación.

Aunque puede no haber un efecto directo discernible de la radiación, llama la atención que el accidente y las medidas tomadas para mitigarlo y reducir las exposiciones hayan causado importantes efectos sanitarios, sociales y económicos en la población

Lo más importante es que el accidente –en particular el estrés relacionado, la evacuación, la falta e inconsistencia de información, la desconfianza en las autoridades y las incertidumbres en los niveles de radiación y los riesgos de radiación­– ha afectado la salud mental de la población, con un aumento de casos de ansiedad, depresión, estrés postraumático y abuso de sustancias entre las personas evacuadas, además de efectos psicológicos adversos en las niñas y niños y sus madres. Con el tiempo y la intervención, la prevalencia de estos efectos parece estar disminuyendo.

Greg Webb / IAEA

 

Además de los efectos directos e indirectos del accidente en la salud, la evacuación y la remediación ambiental también han causado considerables dificultades sociales y económicas a las poblaciones afectadas y, de manera más general, han afectado a la sociedad y la economía japonesas.

Al igual que el SARS-CoV-2, la radiación no se puede ver, oler ni sentir. Cabe señalar que la incertidumbre sobre la exposición es una característica compartida entre las epidemias de enfermedades virales y los accidentes por radiación y puede provocar efectos psicosociales similares. Además, la gestión de los accidentes por radiación y las pandemias requiere la implementación de medidas significativas y de alto impacto (incluida la necesidad de confinamiento y blindaje) para proteger a las poblaciones afectadas, una necesidad de vigilancia de la salud, así como de una comunicación efectiva y diálogo.

Al igual que el SARS-CoV-2, la radiación no se puede ver, oler ni sentir. Cabe señalar que la incertidumbre sobre la exposición es una característica compartida entre las epidemias de enfermedades virales y los accidentes por radiación y puede provocar efectos psicosociales similares

Las lecciones aprendidas de Fukushima y de la pandemia de COVID-19 son importantes para la gestión de catástrofes y desastres globales. La primera lección clave es que la preparación es fundamental y ha faltado en ambos casos. El segundo es la necesidad de asegurar una comunicación oportuna y confiable entre las autoridades de salud, las personas expertas y las poblaciones afectadas durante todas las fases de la crisis; y la necesidad de involucrar a la ciudadanía en la respuesta, particularmente en las últimas fases. Esto es esencial para reducir la carga psicológica, social y económica de tales crisis y aumentar la resiliencia de las poblaciones afectadas. Dos recomendaciones generales son particularmente relevantes para el manejo de esta o cualquier otra crisis: hacer más bien que mal y fomentar una estrategia que apunte al bienestar general de la población afectada.

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