Análisis y Desarrollo Global

COVID-19: ¿Qué nos pueden enseñar los accidentes nucleares pasados?

Serie | COVID-19 y estrategia de respuesta #24

30/10/2020

Este documento forma parte de una serie de documentos para el debate que abordan preguntas fundamentales sobre la crisis de la COVID-19 y las estrategias de respuesta a ésta. El presente trabajo se basa en la mejor información científica disponible en el momento y puede ser actualizado cuando aparezca nueva información.

 

Escrito por Adelaida Sarukhan, Elisabeth Cardis y Liudmila Liutsko (ISGlobal), Pascal Croüail (CEPN), Friedo Zölzer (Universidad de Bohemia del Sur) y Deborah Oughton (CERAD), el documento aborda cómo muchas de las recomendaciones que se desarrollaron para mejorar la salud y el bienestar de las poblaciones afectadas por accidentes nucleares pueden aplicarse directamente, o adaptarse, a la crisis actual provocada por la COVID-19 (o a futuros brotes de enfermedad).

En el año 2015, iniciamos SHAMISEN, un proyecto europeo que reunió a expertos de todo el mundo para examinar las lecciones aprendidas de los accidentes nucleares de Chernóbil y Fukushima, y a partir del que se derivaron una serie de recomendaciones encaminadas a prepararse mejor para accidentes futuros y para monitorizar mejor la salud de las poblaciones afectadas.

Es especialmente importante tener en mente dos recomendaciones generales clave:

  • Que los beneficios superen a los perjuicios.
  • Fomentar una estrategia enfocada al bienestar general de la población.

Recomendaciones generales

La primera recomendación general de SHAMISEN puede trasladarse directamente a la situación causada por el SARS-CoV-2, y es especialmente relevante. Hace referencia al principio ético fundamental de causar más beneficios que perjuicios, un concepto que debería estar en el centro de todos los procesos de toma de decisiones, tanto en esta crisis como en cualquier otra que afecte a grupos de población.

Por ejemplo, los confinamientos estrictos impuestos en algunos países, en los que se desaconsejaba o prohibía ir a los parques, pueden haber tenido un efecto perjudicial en la salud mental y física de las personas que viven en áreas urbanas, en especial la de los niños y niñas. De forma similar, el coste social del cierre de escuelas en áreas donde la transmisión viral era relativamente baja pudo haber sido mayor que los beneficios en términos del control de la infección, en especial en niñas y niños de familias con menos recursos económicos.

En la línea de garantizar “que los beneficios superen a los perjuicios”, las recomendaciones 2 y 3 hacen hincapié en la necesidad de fomentar una estrategia de control de la infección que tenga en cuenta el bienestar general de la población y que respete la autonomía y la dignidad de los grupos de población afectados. Entre los ejemplos se incluyen las aplicaciones de rastreo de contactos y otros procedimientos, que deben explicitar cómo se compartirán y almacenarán los datos personales, y durante cuánto tiempo.

La preparación es clave

Una de las lecciones fundamentales que pueden extraerse de Fukushima y de Chernóbil es la importancia de planificar “en tiempos de paz”. La pandemia de COVID-19 ha representado un lúgubre recordatorio de que el mundo estaba mal preparado para responder a una pandemia provocada por una enfermedad infecciosa, a pesar de los múltiples avisos emitidos por la comunidad científica y por los expertos en salud pública a lo largo de las dos últimas décadas.

Una vez detectado un brote de una enfermedad infecciosa, una respuesta rápida y coordinada es crucial para contener su expansión. De hecho, en un estudio reciente se estimó que, dada la velocidad inicial de transmisión del SARS-CoV-2, los gobiernos disponían únicamente de 20 días desde la notificación de los primeros casos para implementar medidas no farmacológicas estrictas para reducir la Ro a menos de 1.1.

Así pues, los protocolos y criterios para el control de la infección deben planificarse con tiempo, junto con unos mecanismos apropiados para la asignación de los recursos. Estos protocolos deben cubrir la fase inicial, de contención (análisis, rastreo de contactos, cuarentena, aislamiento), así como la fase de mitigación (expansión de la capacidad hospitalaria y de las camas de UCI, protocolos y criterios para las órdenes de confinamiento en el hogar, etc.). Cuanto mayor sea la participación de todos los actores implicados en el establecimiento de estos protocolos y criterios, más probable será que puedan implementarse con éxito.

Garantizar la comunicación

Otra lección importante que aprender de SHAMISEN es la necesidad de comunicarse a tiempo y de una forma transparente con las poblaciones afectadas, y de empoderarlas para que tomen sus propias decisiones. Nuevamente, la crisis de la COVID-19 ha subrayado la necesidad de proporcionar una comunicación clara y en el momento adecuado, y algo muy importante: la relevancia de reconocer las incertidumbres relacionadas con un nuevo virus y una nueva enfermedad. Esto es algo que solo puede lograrse si se han establecido con antelación protocolos y canales de respuesta y de comunicación tempranas, y el impacto que ejerzan dependerá en gran medida del grado de confianza pública en la ciencia y en las autoridades.

Por lo tanto, es urgente (re)generar la confianza del público en las autoridades de salud pública, los científicos y los organismos multilaterales como la Organización Mundial de la Salud (OMS). Proporcionar material formativo y educativo y recursos apropiados a quienes responden en primera línea (personal de enfermería, trabajadores del ámbito de la salud, rastreadores de contactos, etc.), también resulta fundamental para mejorar la preparación.

Implicar a la ciudadanía en la respuesta

Una lección importante aprendida de SHAMISEN fue la necesidad de implicar y empoderar a las comunidades locales en los procesos de toma de decisiones durante las últimas fases de la respuesta: usar facilitadores locales (como por ejemplo líderes comunitarios, personal de enfermería y docentes) que sirvan de “puente” entre las personas expertas y la población, tener en cuenta las necesidades y las preferencias de las personas que viven en las áreas afectadas y fomentar su participación en las estrategias de control de la infección.

La implicación de la comunidad requiere tiempo y paciencia, pero ha resultado fundamental en el control de epidemias previas como el VIH y el ébola, y es esencial para la respuesta colectiva a la COVID-19, desde el cumplimiento del confinamiento hasta el comportamiento individual cuando se relajen las restricciones.