Dos meses y medio con Farmacéuticos Sin Fronteras en Mozambique

Dos meses y medio con Farmacéuticos Sin Fronteras en Mozambique

18.2.2014
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[Este texto ha sido escrito por Sílvia Brugueras Torrella y Marta Encuentra Romero]

Un país lleno de contrastes. Esta es la idea con la que nos hemos quedado después de pasar dos meses y medio en Mozambique en una estancia de prácticas con Farmacéuticos Sin Fronteras, tras terminar el Máster en Salud Global ISGlobal-UB. Todo comenzó en Pemba, capital de la provincia de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique. Aterrizamos y nos recibió un aeropuerto provisional, construido con lonas de plástico, sin ningún tipo de infraestructura. Más contrastes nos esperaban en la ciudad, con su parte colonial, de casas de ladrillos y cemento, con algunas calles asfaltadas aunque llenas de baches; y los alrededores, donde se concentra la mayoría de la población que vive en casas hechas de troncos, barro, piedras y capín (material similar a la paja con el que se construyen los tejados de las casas). Y en medio de todo esto empieza a aparecer una clase adinerada a causa de las empresas que llegan a Pemba para explotar las reservas de gas y petróleo presentes en la zona. A pesar de que sigue siendo uno de los países más pobres del planeta, Mozambique acumula más de una década con un crecimiento superior al 7% anual.

Durante la estancia allí uno de nuestros objetivos fue mejorar el funcionamiento y la gestión de una farmacia privada de Pemba a través de la implementación de un programa informático. También hicimos una identificación de futuros proyectos y hemos impartido formación de higiene básica y salud a la población en una aldea situada a 80 Km de Pemba llamada Silva Macua.

Para desplazarnos viajamos en varias ocasiones en chapas, unos pequeños autobuses que son el principal medio de transporte del país, eso sí, nunca vas a ver a los mozambiqueños más acomodados desplazándose en chapa. Una de las veces contamos hasta 50 personas en la pequeña camioneta e invertimos 6 horas para recorrer 120 km. Lo que para nosotras no era más que una pequeña aventura refleja las adversidades diarias que encuentra la mayoría de la población mozambiqueña para poder desplazarse. O para acceder a los servicios de salud más cercanos.

En Silva Macua, una aldea de unos 4.000 habitantes, pudimos constatar las dificultades que tiene la población para cubrir sus necesidades básicas. Debido a la falta de lluvias y a las altas temperaturas, el agua es allí un recurso escaso y muy preciado que lleva a la población a tener que escoger si la utiliza para beber, cocinar, lavarse o cultivar alimentos en el campo. Estas condiciones de vida tan extremas favorecen la aparición de enfermedades como las diarreicas, problemas en la piel, infecciones,… que lastran su productividad y, por tanto, sus posibilidades de desarrollo y supervivencia. Si a esto añadimos que el centro de salud más próximo se encuentra a 12 Km de distancia y que existe dificultad para pagar el transporte por parte de la población, estamos ante un contexto de alto riesgo para la salud de la comunidad.

Durante nuestro tiempo en Mozambique nos ha sido de ayuda la formación recibida durante el máster en áreas como la gestión, las enfermedades infecciosas o crónicas, métodos cualitativos y cuantitativos, o antropología de la salud. Pero, sin duda, conceptos tantas veces escuchados en el aula como “barreras de acceso a la salud“, “poblaciones vulnerables” o “país de bajos recursos“ han tomado una nueva dimensión.

A través de nuestro trabajo allí hemos tenido la posibilidad de conocer de primera mano el funcionamiento del sistema público de salud. La falta de especialistas en los hospitales y centros de salud, las constantes roturas de stock en las farmacias hospitalarias o la poca capacidad de respuesta de los centros de salud ante emergencias o complicaciones son problemas habituales.

No dejamos el país sin antes visitar el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM), que propone un modelo donde investigación biomédica se convierte en una herramienta de cooperación.

Después de esta experiencia somos más conscientes de lo que se ha conseguido hasta la fecha y, sobre todo, de lo mucho que queda por hacer para que la población de Mozambique (y de muchos otros países) pueda ejercer su derecho a la salud y tener así una vida digna.