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Aprobar no es aprender

13.1.2015

De los 16 primos de mi extensa y disfuncional familia, yo soy el único con estudios universitarios. Ahora ya es agua muy pasada, pero no os podéis ni imaginar la presión que supuso en su momento: el honor mestizo de los Tallada Martínez dependía en exclusiva de mi supuesta capacidad para obtener el preciado título de licenciado, como se le denominaba entonces.

El aprendizaje como motor de autonomía del individuo es más importante que la nota en el expediente académico Así que mientras los otros retoños del clan elegían las maneras más variopintas de ganarse la vida (desde la música étnica a la reforma de interiores, desde conducir un camión de alto pesaje a la performance burlesque) servidor sudaba la gota gorda entre clases, libros y exámenes.

No fue fácil, aunque no por las razones que se suelen aducir. Siempre me ha gustado estudiar, tengo esa funesta manía, pero también tiendo a ser rebeldillo, a cuestionar la autoridad cuando la ejerce alguien que no se la ha ganado o no sabe ejercerla, especialmente en asuntos que me conciernen o interesan. Y ahí estaba el problema: no tuve ningún problema durante la carrera para aprobar con buena nota las asignaturas más insulsas o con los profesores más plomizos, pero se me atragantaban las materias que me fascinaban debido a mi contumaz insistencia en enarbolar un criterio propio frente al del catedrático de turno. Uno de ellos especialmente estricto decidió que hasta que yo no mostrara mi acuerdo con su doctrina no me iba a dar el pase, algo que consiguió al tercer intento: en mi claudicación tuvo bastante que ver el perentorio deseo de mi madre de presumir ante sus cuñadas.

En la Universidad de aquellos años aprendí que aprobar no era lo mismo que aprender. Aprobar era un trámite administrativo cuya superación tiene más que ver con las argucias de estudiante versado y las tortuosas relaciones de poder alumno-maestro que con el conocimiento en sí. Aprender es un proceso fascinante, complejo, no lineal y reiterativo que te hace crecer, a veces dolorosamente, como persona y como profesional.

Aquella experiencia me produjo una marca indeleble. Una vez me convertí primero en profesor y luego en coordinador académico del Máster de Salud Global, he intentado que todos, alumnos y colegas, se contaminen de la idea de que el aprendizaje como motor de autonomía del individuo es más importante que la nota en el expediente académico. Cierto, dicha nota no deja de tener su relevancia, pero hay que tomarla como lo que es: un reflejo puntual de las reglas que rigen nuestro mundo competitivo.