Saltar sin red en la lucha contra el ébola

Saltar sin red en la lucha contra el ébola

10.10.2014
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A estas alturas son pocos los ciudadanos que ignoran de dónde procede el ébola y cómo se contagia. Lo que resulta más difícil de explicar es el modo en que una enfermedad que en cada uno de los cuatro brotes anteriores infectó a un máximo de 602 personas se haya convertido ahora en una pandemia con 6.500 infecciones y 3.000 muertes, y amenace con extenderse rápidamente hipotecando el futuro de África occidental. Parte de la respuesta deben buscarla en unos niveles de salud y educación calamitosos que han impedido establecer en Liberia, Guinea Conakri y Sierra Leona las redes básicas de prevención y asistencia que exige la lucha contra esta enfermedad.

La crisis del ébola muestra la vulnerabilidad de los sistemas y los individuos ante la amenaza de un shock, en este caso el derivado de una enfermedad. De acuerdo con el Informe de Desarrollo (IDH) 2014 -presentado esta semana en Madrid-, Guinea Conakri tiene un médico por cada 10.000 habitantes, frente a los 9 de Perú y los 40 de España. Un recomendable artículo de Óscar Mateos recordaba esta semana que en la ciudad de Chicago viven más doctores sierraleoneses que en la propia Sierra Leona. El epicentro regional del ébola es un erial sanitario en donde la inversión, las escasas infraestructuras y la prevención se concentran en las zonas urbanas, mientras en el medio rural la población está abandonada a su suerte y a unos atavismos culturales directamente relacionados con la expansión del virus.

Precisamente el nuevo Informe de Desarrollo Humano dedica su atención principal al papel de las vulnerabilidades en la vida de las personas. El ébola es una manifestación extrema de un fenómeno que se repite en muchos otros ámbitos del bienestar humano. La incapacidad de las comunidades sahelianas para hacer frente a la subida brusca del precio de los alimentos en 2008 provocó en la región una de las peores hambrunas que se recuerdan. En ausencia de seguros y redes de protección, muchas familias se vieron obligadas a vender el pequeño patrimonio con el que contaban (un par de cabezas de ganado, una hectárea de tierra), perpetuando un ciclo de miseria que les atrapará de por vida.

En el futuro la pobreza se definirá cada vez más por la exposición a los riesgos (empleos precarios, hábitats climáticamente vulnerables, violencia) que por los meros niveles de ingreso. Y la eficacia de las políticas de desarrollo y bienestar social se medirá por su capacidad para proteger a la población frente a estos riesgos (la resiliencia). En Madrid y Nueva Orleans, tanto como en Bogotá y las regiones rurales de Mozambique.

En el caso de la salud, la mejor protección del individuo y la comunidad pasa por la consolidación de sistemas de cobertura universal que garanticen una atención de calidad para todos los ciudadanos y eviten eso que se denomina el gasto sanitario catastrófico: la posibilidad de perderlo todo como consecuencia de una enfermedad. Como recuerda el IDH, no es necesario alcanzar niveles altos de riqueza para contar con medidas universales de protección. Ghana introdujo en 2004 la cobertura universal de salud con una renta de poco más de 1.500 dólares per cápita, un nivel de ingreso similar al que disfrutaba Suecia cuando aprobó la Ley de Seguros de Enfermedad en 1891 (ver gráfico adjunto). Paradójicamente, los sistemas universales de salud, educación y protección han demostrado una mayor eficacia en la reducción de la pobreza y la desigualdad que las medidas focalizadas en los sectores más pobres de la población.

El ébola nos recuerda hasta qué punto la protección sanitaria de todos los habitantes del planeta es un asunto de interés propio, tanto como una obligación ética. Y será muy difícil que los países pobres logren estos objetivos sin el apoyo de las economías más ricas. Por eso los presupuestos que el Gobierno español ha llevado esta semana al Parlamento son una pésima noticia. A pesar del haber frenado su caída , el esfuerzo de la cooperación oficial al desarrollo se mantiene en niveles de hace 30 años, cuando nuestro propio país era receptor de ayuda. Ahora que conocemos de primera mano algo de la angustia y la inseguridad que puede sufrir una población que convive con el ébola, tal vez queramos corregir este entuerto en las semanas que quedan hasta que se complete la tramitación presupuestaria.

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