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Menos SARS-CoV-2 no debería significar más VIH

01.12.2020
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Foto: ONUSIDA

La pandemia de COVID-19 ha arrasado el planeta, desafiando a los sistemas de alerta temprana, los sistemas sanitarios y las economías. La pandemia ha intensificado las desigualdades existentes y expuesto las carencias de los sistemas de salud pública tanto en países de renta media y baja como en los países de renta alta, que se consideraban mejor preparados para enfrentarse a los brotes.

La experiencia y los estudios epidemiológicos han demostrado cómo la crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha alterado servicios básicos como la vacunación rutinaria, así como la prestación de atención sanitaria continuada para la prevención y el manejo de las enfermedades crónicas. La atención y el manejo clínico del VIH se han enfrentado a desafíos en todo el mundo, provocados por la restricción de movimientos, las demoras en los envíos de fármacos, la sobrecarga hospitalaria, la reasignación de recursos y la escasez de personal sanitario.

La atención y el manejo clínico del VIH se han enfrentado a desafíos en todo el mundo, provocados por la restricción de movimientos, las demoras en los envíos de fármacos, la sobrecarga hospitalaria, la reasignación de recursos y la escasez de personal sanitario

En tiempos de la COVID-19, la Organización Mundial de la Salud (OMS), ONUSIDA, los ministerios de sanidad y otras agencias han tenido que adaptar el suministro de los proveedores sanitarios de tests diagnósticos, así como de fármacos que salvan vidas y de servicios a las personas que viven con el VIH. Sin embargo, un efecto colateral −aunque importante− de la crisis de la COVID-19 a medio y largo plazo puede ser su impacto en la contracción del VIH y en la incidencia de nuevas infecciones.

En el año 2019, se dieron 1,7 millones de nuevas infecciones por VIH a nivel mundial, lo que representa una reducción del 23% en comparación con los 2,1 millones de nuevas infecciones en el año 2010. Se debió, en buena parte, a la reducción substancial de nuevas infecciones en el África subsahariana, la región más afectada por el VIH. El pilar fundamental de la prevención de nuevas infecciones por VIH incluye la utilización de preservativos, la profilaxis previa a la exposición mediante antirretrovirales, la circuncisión masculina voluntaria y la aproximación “analizar y tratar”, que se traduce en el suministro de tratamiento antirretroviral (ART) inmediatamente después del diagnóstico a personas que viven con el VIH.

Campaña de ONUSIDA del Día Mundial del Sida 2020.

La estrategia de la OMS de “analizar y tratar” en el VIH se escaló después de los estudios pioneros del año 2016 que mostraron que la supresión de la carga viral mediante ART efectivo conllevaba la ausencia de transmisión del VIH, y que la carga viral indetectable = intransmisible (U=U, según sus siglas en inglés). El tratamiento como estrategia de prevención vincula los test de VIH con el tratamiento antirretroviral inmediato, y es un peldaño fundamental hacia el ambicioso objetivo 95-95-95 de ONUSIDA (el 95% de las personas que viven con el VIH son diagnosticadas, el 95% de las personas diagnosticadas empiezan el tratamiento con ART, y el 95% de las personas tratadas con ART logran la supresión del virus), dirigido a la eliminación del VIH para el año 2030. El objetivo ha sido prácticamente alcanzado en varios países, incluyendo algunos de los más afectados a nivel global, como Eswatini, Uganda, Zambia y Zimbabwe.

Sin embargo, los acontecimientos como los conflictos, las epidemias, la inestabilidad política y los desastres climáticos pueden alterar los servicios de salud y el acceso a los fármacos para las personas que viven con el VIH. La pandemia de COVID-19 y las medidas de respuesta en salud pública han representado la tormenta perfecta para desestabilizar la asistencia al VIH. Con ese fin, en junio de 2020, la OMS desarrolló unas guías para el mantenimiento de un acceso seguro a servicios de salud esenciales durante la pandemia de COVID-19, incluyendo los destinados a todas las personas que viven con el VIH.

La pandemia de COVID-19 y las medidas de respuesta en salud pública han representado la tormenta perfecta para desestabilizar la asistencia al VIH

Los gobiernos nacionales, las agencias internacionales y otras partes interesadas han estado trabajando sin descanso para minimizar las alteraciones, luchando para superar los retos logísticos y de cadena de suministro. Aun así, los sondeos realizados en junio y julio de 2020 en varios países del África subsahariana, incluyendo Sudáfrica, Zimbabwe y Nigeria, mostraron que el 15-50% de las personas que viven con el VIH mencionaron haber tenido dificultades para acceder a los antirretrovirales durante la pandemia. Esto significa que algunas personas que viven con el VIH experimentaron intervalos de carga viral de VIH no suprimida. Las lagunas en el acceso a los antirretrovirales no sólo ponen en peligro la salud de estas personas, sino que estos periodos de carga viral no suprimida pueden conllevar un aumento de la transmisión del VIH a las parejas sexuales, y de la transmisión de la madre al niño.

Además de tener un impacto directo sobre la transmisión del VIH, la crisis de la COVID-19 puede contribuir indirectamente al aumento de nuevas infecciones por VIH al aumentar los factores de riesgo sociales y económicos para la contracción del VIH. Según el Banco Mundial, en el año 2021, se estima que la pandemia de COVID-19 habrá empujado a la pobreza extrema a 150 millones de personas más en todo el mundo; se trata de personas que viven con menos de 1,90 dólares estadounidenses al día, y la mayoría de ellas viven en países de renta media y baja.

Campaña del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, con motivo del Día Mundial del Sida 2020.

La pandemia de COVID-19 y la crisis económica consiguiente están intensificando las desigualdades, aumentando la violencia de género, y se las considera asociadas con mayores niveles de enfermedades mentales y de abuso de sustancias, todos ellos considerados factores de riesgo interconectados para la contracción del VIH.

La pandemia de COVID-19 está intensificando las desigualdades, aumentando la violencia de género, y se asocia con mayores niveles de enfermedades mentales y de abuso de sustancias, todos ellos factores de riesgo interconectados para la contracción del VIH

La pobreza es un motor indirecto de la infección por VIH. La relación entre la pobreza y el VIH es multidimensional y dependiente del contexto. La pobreza empuja a las personas hacia las bolsas de trabajadores migrantes, el trabajo estacional y el alojamiento inestable, lo que aumenta el riesgo de violencia sexual, de abuso de sustancias y de comercio sexual. El abuso de sustancias puede llevar directamente a la infección por VIH a través del uso compartido de agujas, y hacerlo indirectamente a través de comportamientos sexuales de riesgo y del intercambio de sexo por drogas.

La intersección entre la infección por VIH y la violencia en la pareja contra las mujeres es compleja. Se cree que la transmisión del VIH puede tener lugar directamente a través de la violencia sexual, o indirectamente a través del aumento de los comportamientos de riesgo y de la imposibilidad de negociar la utilización de preservativos. Las medidas establecidas en las políticas relativas al coronavirus también pueden tener efectos no deseados: las niñas que no asisten a la escuela sufren un mayor riesgo de exposición a la explotación sexual y de VIH secundario, en especial en el África subsahariana, donde las mujeres jóvenes y las adolescentes representan una de cada cuatro nuevas infecciones por VIH.

No existe vacuna para el VIH, pero más de tres décadas de investigación y solidaridad global han logrado reducir la tasa de nuevas infecciones por VIH y escalar a millones de personas unos tratamientos que salvan vidas. Disponemos de las herramientas, la voluntad y el impulso necesarios para eliminar el VIH, la principal causa de mortalidad a nivel mundial en mujeres de 15-24 años de edad en el año 2019. A medida que la pandemia y la consiguiente crisis económica vayan desarrollándose, la comunidad global debe alinear esfuerzos para hacerse cargo de la responsabilidad compartida de prevenir que millones de personas caigan en la pobreza y de proteger a nuestros jóvenes del VIH. Es el único camino hacia la eliminación del VIH para el año 2030.