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Cuando la violencia digital afecta a la salud: qué nos está pasando a mujeres y niñas

06.3.2026
Cuando la violencia digital afecta a la salud
Foto: Canva

Millones de mujeres y niñas sufren violencia digital, lo que impacta su salud y las lleva a limitar su presencia pública en línea. Urge repensar las políticas que regulan los entornos digitales.

[Este texto lo ha escrito Eva Damkjær Thorsen (WGH Spain) y lo han revisado Julia Pedreira y Silvia Gómez (ISGlobal).]

 

En septiembre de 2023, distintas chicas adolescentes de Almendralejo (Badajoz) descubrieron que circulaban imágenes de sus desnudos entre compañeros de clase. No eran fotografías reales: habían sido difundidas y creadas con inteligencia artificial a partir de imágenes extraídas de sus redes sociales, sin su consentimiento. Aunque las imágenes eran falsas, el daño fue inmediato y real: miedo, vergüenza, ansiedad, humillación pública y graves consecuencias para su bienestar emocional.

El caso provocó una fuerte reacción social y abrió un debate público sobre los riesgos de estas tecnologías. Pero también nos plantea una cuestión más profunda: ¿qué ocurre cuando los espacios digitales se convierten en entornos inseguros para la salud, la seguridad y el bienestar de mujeres y niñas?

Los entornos digitales como determinantes de la salud

Desde hace tiempo sabemos que la salud está influida por factores que van más allá del ámbito sanitario. Las condiciones sociales, económicas y ambientales en las que vivimos moldean nuestras oportunidades de bienestar. Hoy, en sociedades profundamente digitalizadas, también los entornos digitales forman parte de ese conjunto de determinantes.

Para muchas niñas y mujeres, la participación en entornos digitales implica una exposición constante a formas específicas de violencia que afectan tanto a su experiencia online como a su vida fuera de la red

Sin embargo, no todas las personas los habitamos en igualdad de condiciones. Para muchas niñas y mujeres, la participación en entornos digitales implica una exposición constante a formas específicas de violencia que afectan tanto a su experiencia online como a su vida fuera de la red.

Los datos nos muestran la magnitud del fenómeno. Según Naciones Unidas, millones de mujeres y niñas (entre el 16% y el 58%) han experimentado algún tipo de violencia digital. Este amplio rango refleja tanto la diversidad del abuso como su creciente normalización.

Vemos cómo muchas mujeres modifican su comportamiento online, limitan su presencia pública o abandonan espacios de debate para evitar ataques

Las consecuencias no son únicamente emocionales o momentáneas. Sabemos que la exposición prolongada a entornos hostiles puede generar estrés crónico, ansiedad o retraimiento social. Vemos cómo muchas mujeres modifican su comportamiento online, limitan su presencia pública o abandonan espacios de debate para evitar ataques. En este sentido, la violencia digital no solo afecta a individuos concretos, sino que condiciona quién puede participar plenamente en la vida social.

Nuevas formas de violencia en el entorno digital

Cuando hablamos de violencia digital, vemos que esta no responde a un único patrón, sino que se manifiesta a través de múltiples prácticas que se entrelazan y evolucionan con el desarrollo tecnológico.

El acoso en línea constituye una de sus expresiones más visibles. Investigaciones de la UNESCO indican que tres de cada cuatro mujeres periodistas han sufrido algún tipo de violencia digital relacionada con su trabajo. Amenazas, insultos o campañas coordinadas afectan a su bienestar y limitan su presencia pública.

Los sistemas algorítmicos tienden a priorizar contenidos que generan interacción, lo que a menudo favorece mensajes polarizantes o agresivos

La generación de imágenes manipuladas sin consentimiento –como en el caso de Almendralejo– transforma la naturaleza de la violencia de género. Herramientas capaces de crear contenido sexualizado a partir de una simple fotografía permiten vulnerar la intimidad de las personas con una facilidad inédita.

Al mismo tiempo, vemos que el diseño de las plataformas digitales puede contribuir a intensificar estos fenómenos. Los sistemas algorítmicos tienden a priorizar contenidos que generan interacción, lo que a menudo favorece mensajes polarizantes o agresivos. De este modo, determinadas formas de violencia no solo son posibles, sino que pueden amplificarse estructuralmente, reforzando las desigualdades de género preexistentes.

Consecuencias sociales y sanitarias

La reducción de la presencia de mujeres en debates públicos, espacios profesionales o entornos académicos digitales limita la diversidad de voces y contribuye a reproducir desigualdades preexistentes. La violencia digital actúa así como un mecanismo de exclusión que afecta tanto a la salud individual como al funcionamiento de las sociedades.

La reducción de la presencia de mujeres en debates públicos, espacios profesionales o entornos académicos digitales limita la diversidad de voces y contribuye a reproducir desigualdades preexistentes

El bienestar psicológico, la participación social y el acceso a oportunidades son componentes fundamentales de la salud colectiva. Ignorar el impacto de los entornos digitales en estos ámbitos implica pasar por alto un determinante cada vez más relevante para la salud colectiva.

Hacia una respuesta colectiva

Reconocer la violencia digital como un determinante emergente de la salud nos obliga a replantear cómo se gestionan los entornos digitales desde las políticas públicas. Regular las plataformas, proteger frente al uso no consentido de imágenes y exigir responsabilidad a los actores tecnológicos son medidas clave de prevención. Para que estas respuestas sean efectivas, también necesitamos incorporar una perspectiva de género en el desarrollo y la gobernanza de los espacios digitales.

Regular las plataformas, proteger frente al uso no consentido de imágenes y exigir responsabilidad a los actores tecnológicos son medidas clave de prevención

Para nosotras, entender la violencia digital contra las mujeres como un determinante de la salud no supone ampliar artificialmente el concepto de salud pública, sino reconocer los cambios que acompañan a la transformación digital de nuestras sociedades. El reto consiste ahora en desarrollar respuestas capaces de proteger el bienestar en un mundo cada vez más mediado por la tecnología y de asegurar que mujeres y niñas puedan habitar los espacios digitales con libertad y sin miedo.