Una cooperación en miniatura

Una cooperación en miniatura

09.4.2014

[Esta entrada ha sido publicada simultáneamente en el blog 3.500 millones del diario El País]

En medio de nuestro rosario habitual de desgracias, la OCDE ofrecía en el día de ayer una noticia positiva de verdadero alcance global: a lo largo de 2013, y a pesar de la oleada de medidas de austeridad fiscal introducidas por los donantes, la ayuda oficial al desarrollo (AOD) volvió a crecer un 6,1% tras dos años consecutivos de caídas. Los 134.800 millones de dólares de 2013 suponen un récord histórico que sostendrá batallas fundamentales de nuestro tiempo como la vacuna contra la malaria, la educación universal de las niñas o el fin de la mortalidad infantil. Pese a todo, un vistazo a los detalles sugiere que este esfuerzo continúa siendo demasiado escaso y demasiado dependiente de la solidaridad de unos pocos.

Aunque en el grupo de países que realizan un mayor esfuerzo relativo destacan los nórdicos y Luxemburgo (todos por encima del 0,7%), la parte del león de la ayuda sigue siendo responsabilidad de las potencias tradicionales. Cinco donantes (liderados por EEUU) controlan dos de cada tres dólares destinados a la cooperación internacional. De todos ellos, mi héroe particular es el Reino Unido: con una subida del (agárrense) 28% en 2013, el Gobierno conservador de Cameron ha volatilizado los clichés ideológicos y su país supera por primera vez la barrera del 0,7% de la renta nacional bruta (RNB) para colocarse como segundo donante global absoluto con la friolera de 17.900 millones de dólares.

España, ay, se afianza en el pelotón de parias con un magro 0,16% de su RNB y una cantidad de 2.200 millones de dólares (ambas cifras por encima de lo presupuestado para 2014, para que vean que todo puede empeorar). Nuestra cooperación en miniatura permite hacer poco más que pagar su propio mantenimiento y las contribuciones obligatorias a los organismos internacionales, lo que nos deja en la mesa de los niños de cualquiera espacio relevante de toma de decisiones en este ámbito. A menos que la estrategia del Presidente Rajoy consista en acceder al Consejo de Seguridad de la ONU jugando al tute arrastrado, nuestro ascendiente internacional seguirá encogiéndose como un traje barato.

Vistos en conjunto, los datos de ayer son un paso en la buena dirección cuya importancia reside más en el cambio de tendencia que en su relevancia absoluta. Los costes del desarrollo y la seguridad humana global han crecido en las dos últimas décadas con mucha más rapidez que la cooperación. Hace solo unos días los científicos del IPCC nos recordaban que solo una inversión generosa y temprana evitará las consecuencias más dramáticas (y costosas) de un calentamiento global descontrolado. En el plazo más corto, los negociadores de los nuevos Objetivos del Milenio se plantean filigranas como la Cobertura Universal de Salud, cuyo coste para los países de ingreso bajo se calcula en 60 dólares por persona y año, cuando la inversión actual es de 32 dólares.

¿Cómo se espera alcanzar estos objetivos cuando estamos todos aplaudiendo como focas de circo un nivel de ayuda estancado en el 0,3% de la riqueza media de los países desarrollados? Alegrémonos mucho hoy por la pequeña subida, pero empecemos a trabajar mañana mismo en una verdadera revolución presupuestaria global que sitúe los ingresos del desarrollo a la altura de sus retos. La introducción de un impuesto relevante a las transacciones financieras, la coordinación con los grandes filántropos o el incremento del gasto nacional en los países pobres son solo tres prioridades de nuestra agenda.

En cuanto a España, yo no me amargaría la existencia. Si el Ministro de Asuntos Exteriores no entiende la ironía de exigir solidaridad a los catalanes y negársela a los africanos, el problema lo tiene él (aunque la factura acabemos pagándola usted y yo). Da igual que hablemos de seguridad, salud, cambio climático o movimientos migratorios: el mundo se parece poco a la versión miope, parcelada y decimonónica que traslada nuestra política exterior. Pero hemos llegado a ser tan sumamente irrelevantes que eso ya importa bastante poco. No bromeo: si no fuese porque una cooperación inteligente determina todavía la presencia de España en regiones como África subsahariana, creo que la opción razonable sería cerrar el chiringuito y emplear este dinero cada año en dos o tres iniciativas globales importantes o regiones en crisis. Si el futuro se parece a lo que estamos viendo, pensémoslo seriamente.