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Defender el derecho de los niños a la salud en la frontera de Europa: lo que Ceuta nos enseña sobre el abandono y los cuidados

11.6.2026
Defender el derecho de los niños a la salud en la frontera de Europa lo que Ceuta nos enseña sobre el abandono y los cuidados
Foto: Composición fotográfica que muestra la valla fronteriza de Ceuta en Benzú, las actividades de apoyo de No Name Kitchen y las heridas autoinfligidas de menores no acompañados que viven en la calle; una dura realidad marcada por el desamparo institucional.

Más allá de sus cicatrices, los menores no acompañados de Ceuta buscan dignidad. Un análisis sobre el coste humano del olvido en la frontera de Europa.

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Tiempo estimado de lectura: 4 minutos.

 

Sácame el otro lado”, me dijo Adil, girándose ligeramente antes de que tomara la fotografía. “El lado en el que no se ven cortes”.

Tenía dieciséis años, aunque parecía más joven, uno de los niños más pequeños que vivían en la calle en Ceuta y, como muchos de los chicos que conocimos ese verano, había aprendido a manejarse con una especie de dureza. Pero en ese momento, algo cambió. Los cortes ya no eran solo una señal de supervivencia o de fortaleza. Eran también algo que quería ocultar, que quería dejar atrás.

Lo que se me ha quedado grabado desde que dejé Ceuta no es solo lo que dijo, sino la forma en que movió su cuerpo antes de que hiciera la foto, girándose casi instintivamente para ocultar las cicatrices. En salud pública tenemos un lenguaje para las fuerzas que provocan heridas como estas: violencia estructural, negligencia institucional, trauma, reducción de daños, las condiciones sociales que hacen más probables las autolesiones y el consumo de sustancias. Pero en ese momento había también algo más íntimo y más difícil de asimilar: un niño que intentaba ser visto más allá de la herida, cargando con la vergüenza de unas cicatrices que deberían habernos avergonzado al resto de nosotros por las condiciones que las produjeron.

1. Un partido de baloncesto organizado por NNK en Ceuta ofreció a los chicos la oportunidad de jugar juntos y desconectar del día. 2. Un blíster de Lyrica (un medicamento del que se abusa ampliamente en Ceuta) y un chico sosteniendo un cigarrillo con la mano vendada. El consumo de sustancias y las autolesiones a menudo coinciden en los menores no acompañados que se enfrentan a una precariedad prolongada, al duelo y a la exclusión. 3. Heridas autoinfligidas recientes y en proceso de curación en los brazos de chicos que viven en la calle en Ceuta. Estos patrones de autolesión surgen como estrategias de afrontamiento ante el estrés crónico, la violencia y la negligencia sistémica. No son marcas de "rebeldía adolescente", sino de supervivencia. 4. Audrey Claire Benson en Ceuta. 5. Una protesta en Ceuta el 24 de junio, con motivo del aniversario de la masacre de Melilla de 2022. La pancarta dice en árabe: “No hay ninguna persona ilegal. Libertad para todos”. 6. La valla fronteriza fortificada en Benzú, una de las varias barreras que separan Ceuta de Marruecos. Muchos menores no acompañados intentan trepar estas vallas cuando no pueden cruzar a nado para llegar a territorio español.

En el terreno en una de las fronteras más invisibles de Europa

Como epidemióloga predoctoral en ISGlobal, no veo las fronteras como espacios políticos abstractos, sino como lugares donde las desigualdades globales, las historias coloniales, las decisiones nacionales y las estructuras de poder transnacionales se hacen dolorosamente visibles en los cuerpos de las personas: en forma de agotamiento, heridas sin tratar, hambre, ansiedad, miedo, consumo de sustancias y autolesiones.

Fui a Ceuta para entender qué ocurría en una de las fronteras más importantes y menos discutidas de Europa, un lugar que es territorio español y europeo y que, sin embargo, a menudo permanece política y emocionalmente alejado de la península.

Trabajé con No Name Kitchen (NNK), un movimiento ciudadano que apoya a las personas en movimiento a través de las fronteras europeas. En Ceuta, nos centramos específicamente en los menores no acompañados, la mayoría de ellos niños marroquíes que vivían en centros de protección masificados o en la calle. Durante el verano pasado organizamos actividades sencillas, les ayudamos a acceder a las duchas de una mezquita local, distribuimos suministros básicos y pasamos mucho tiempo haciendo lo que desde fuera puede parecer poco, pero que importa enormemente en un contexto de abandono: escuchar, recordar nombres, fijarnos en si alguien tenía un aspecto diferente e intentar crear momentos en los que los niños tratados como problemas pudieran, simplemente, ser niños.

Las heridas que nos hicieron mirar más de cerca

Como referente de salud, me encargué de los primeros auxilios. Aunque la mayoría de las heridas eran "normales", poco a poco me resultó imposible ignorar los cortes frescos y viejas cicatrices que descubría en brazos y manos, a menudo ocultos bajo mangas largas a pesar del calor. También nos dimos cuenta de que estos chicos jóvenes estaban constantemente bajo los efectos de sustancias como el hachís, la pregabalina o el clonazepam.

Lo que más me entristeció fue el estado mental que rodeaba a estos hábitos: agotamiento, rabia, duelo, aburrimiento, miedo, vergüenza y una profunda sensación de falta de autonomía. Eran niños que habían cruzado fronteras solos, muchos de ellos nadando, y habían llegado a Europa solo para encontrarse atrapados en Ceuta, sin poder trasladarse legalmente a la España peninsular. Adil era uno de ellos. Solía estar bajo los efectos de sustancias cuando lo veíamos, pero también se sentía orgulloso de decirnos que había dejado de tomar pastillas, que asociaba con los cortes, y que ahora "solo" fumaba marihuana.

El consumo de sustancias y las autolesiones en Ceuta no deben interpretarse como rebeldía adolescente, patología individual o desviación cultural. Son estrategias de afrontamiento moldeadas por las condiciones en las que estos chicos se ven obligados a vivir. Esto importa porque la forma en que nombramos un problema determina la manera en que respondemos a él. Si llamamos peligrosos a estos niños, justificamos la vigilancia. Si los llamamos desobedientes, justificamos el castigo. Si los llamamos rotos, corremos el riesgo de reducirlos a sus heridas. Pero si entendemos el consumo de sustancias y las autolesiones como respuestas al abandono, la pregunta cambia. Ya no es "¿Qué les pasa a estos niños?", sino "¿Qué hemos permitido que ocurra a su alrededor y qué haría falta para que la supervivencia fuera no solo menos dolorosa, sino un acto de alegría y dignidad?"

Por qué escribimos Sobrevivir al limbo

En salud pública solemos decir que lo que no se cuenta no cuenta (inspirado en la famosa frase de Albert Einstein), y en Ceuta y Melilla la ausencia de datos es en sí misma parte de la violencia. Casi no hay un seguimiento sistemático ni investigación revisada por pares sobre la salud mental, el consumo de sustancias o las autolesiones entre los menores no acompañados en estos enclaves fronterizos; sin embargo, sobre el terreno, el patrón era visible cada día.

Por eso escribimos Sobrevivir al limbo, el informe de No Name Kitchen sobre el consumo de sustancias y las autolesiones entre los menores no acompañados en Ceuta. Basado en la observación diaria sobre el terreno y en espacios de confianza, el informe documenta una realidad que las instituciones ya no deberían poder ignorar. Para mí, esto fue personal. Retrasé el inicio de mi doctorado para escribirlo porque sentía que lo que había presenciado no podía permanecer invisible.

La documentación no resuelve estos fallos por sí sola, pero puede hacer que la negación sea más difícil. Puede convertir las observaciones dispersas en evidencia, la evidencia en responsabilidad pública, y la responsabilidad pública en presión sobre las instituciones que están legal y moralmente obligadas a proteger a estos niños.

Defender una salud pública basada en los derechos humanos

Esta reflexión llega en un momento en que el discurso sobre la migración en Europa y en todo el Norte Global se está volviendo cada vez más hostil, no solo en el lenguaje del debate político, sino en la arquitectura legal y administrativa que se está construyendo en torno a las fronteras, las devoluciones, la disuasión y el control. Nuestros estándares no deberían bajar simplemente porque el debate político se haya vuelto más deshumanizador; porque una vez que la crueldad se normaliza como política, la salud pública no puede fingir neutralidad.

La reciente medida de regularización de Pedro Sánchez importa, y hay que reconocer las políticas que amplían derechos en lugar de reducirlos. Pero no podemos celebrar una victoria política aislada mientras ignoramos lo que les ocurre a los niños en la frontera española; una sociedad puede reconocer una política positiva y seguir exigiendo más.

Lo que ayuda no es ningún misterio

Algo doloroso que ocurre en Ceuta es que lo que ayuda no es ningún misterio. Vimos que cuando los chicos tenían acceso a espacios seguros, deportes, duchas, conversación, juegos y adultos de confianza que regresaban día tras día, las crisis disminuían visiblemente. El vínculo y el apoyo sin juicios no borraban el trauma, pero sí lo interrumpían.

España debe tratar el consumo de sustancias y las autolesiones entre menores no acompañados como una emergencia de salud pública y de protección de la infancia, no como un problema policial. Eso significa atención sanitaria urgente y sin demoras, reducción de daños adaptada culturalmente, detección temprana de las autolesiones y del consumo problemático de sustancias, atención real a la salud mental, personal capacitado, mecanismos seguros de denuncia y actividades estructuradas dentro y fuera del sistema de protección.

Más allá de la atención sanitaria, se requiere una regularización más rápida antes de que los chicos cumplan los 18 años, una mayor supervisión de los centros de gestión privada, la rendición de cuentas por las violaciones de derechos y un seguimiento europeo de lo que las políticas fronterizas están haciendo en los cuerpos y la salud mental de los niños. El mensaje es sencillo, aunque la política no lo sea: este tipo de chicos necesitan protección, cuidados, espacios seguros y un futuro.

Cuando el testimonio empieza a dar frutos

Agradezco que este testimonio empiece a dar frutos. Nuestra historia ha sido seleccionada recientemente como una de las ganadoras del gran premio del certamen 2026 Untold Global Health Stories Contest, organizado por Global Health NOW y el Consortium of Universities for Global Health. Esto significa que ahora los periodistas investigarán más a fondo y, espero, ayudarán a atraer más atención sobre una realidad demasiado a menudo ausente del debate público.

Mi esperanza es que esta atención no se quede en un mero reconocimiento, sino que se convierta en presión, y que esa presión se traduzca en protección. Los chicos como Adil en Ceuta no necesitan que los conviertan en símbolos de sufrimiento; necesitan adultos, instituciones y sociedades dispuestas a verlos plenamente, más allá de las heridas y más allá de los comportamientos que se han utilizado para tacharlos de difíciles, peligrosos o indignos. Lo que les debemos es protección, cuidados, espacios seguros, un futuro y la valentía de insistir en que incluso en las fronteras de Europa, especialmente en las fronteras de Europa, los derechos humanos siguen vigentes.