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Por qué los programas de intercambio de jeringas en las prisiones podrían salvar muchas vidas

Por qué los programas de intercambio de jeringas en las prisiones podrían salvar muchas vidas

Los programas de intercambio de jeringas (PIJ) en las prisiones podrían salvar un gran número de vidas

Los presos tienen una incidencia mucho más alta de enfermedades infecciosas transmitidas por vía sanguínea que la población general, y también es mucho más probable que sean usuarios de drogas inyectables. Estos hechos no son casuales. Las drogas administradas por vía intravenosa están lejos de ser el único modo de propagación de infecciones, pero siguen siendo un factor clave. Por consiguiente, los programas de intercambio de jeringas (PIJ) en las prisiones podrían salvar un gran número de vidas.

Recientemente, he colaborado en la autoría del artículo "Health Outcomes for Clients of Needle and Syringe Programs in Prisons" (‘Resultados de salud para los usuarios de los programas de intercambio de agujas y jeringas en las prisiones’), para el cual revisamos sistemáticamente todos los estudios que examinaban los efectos de los programas de intercambio de jeringas en las prisiones. Aunque la cantidad de datos analizables es pequeña, conforme avanzaba el proyecto, me quedaron claras muchas cosas.

La idea de los PIJ en las prisiones provoca muchísima resistencia, sobre todo a nivel ideológico

La idea de los PIJ en las prisiones genera muchísima resistencia, sobre todo a nivel ideológico. Esa reacción impulsiva contra un servicio que parece posibilitar la drogadicción existe incluso fuera de las prisiones; además, se magnifica por la sensación de que los reclusos no deberían poder conseguir drogas para inyectarse y que, en general, se merecen menos derechos y les corresponde menos protección que al resto de la población externa.

Obviamente, el último punto es el más fácil de rebatir. Todo el mundo merece los derechos humanos fundamentales —incluida la atención médica—, y el principio de equivalencia — la provisión de al menos un mínimo de servicios equivalentes al del resto de la población — se debería aplicar en todos los países.

Los reclusos sí disponen de drogas y sí se las inyectarán. Lo que hay que preguntarse es si lo harán de manera segura

El argumento de que los reclusos no deberían disponer de drogas que inyectarse es pedante. Puede que sea cierto, pero si viviéramos en un mundo perfecto, lo primero es que no necesitaríamos cárceles. Los reclusos sí disponen de drogas y sí se las inyectarán. Lo que hay que preguntarse es si lo harán de manera segura.

Además, la evidencia científica no respalda la idea de que los PIJ promuevan el consumo de drogas. De hecho, no sólo no se da un aumento significativo del consumo sino que se produce una disminución del número de sobredosis.

A las objeciones ideológicas hay que sumarle las económicas. Cualquier programa nuevo implica costes. Entonces, ¡consideremos el coste del tratamiento de enfermedades crónicas en un número cada vez mayor de presos! Aunque disponemos de poca información sobre los costes y beneficios de los PIJ en las prisiones, los datos respecto a la población general son claros. Los PIJ, como otras intervenciones preventivas, ahorran tanto o más de lo que cuestan.

Lo más importante es que los PIJ tienen un impacto drástico en la tasa de transmisión de la enfermedad

Lo más importante es que los PIJ tienen un impacto drástico en la tasa de transmisión de infecciones. La evidencia disponible está lejos de ser exhaustiva, pero la que hay muestra resultados destacables, como se puede observar en nuestro artículo. En un estudio realizado en el Centro Penitenciario Pereiro de Aguiar en España, se observaron descensos drásticos en la prevalencia de VIH y VHB tras la implementación de un programa de intercambio de jeringas, y en estudios realizados en Alemania (y otro también en Alemania, pero en un marco diferente) y en Suiza no se detectaron nuevas infecciones por VIH o hepatitis después de iniciar PIJ. En un tercer estudio alemán, se hallaron cuatro infecciones nuevas de hepatitis C, solo una de las cuales se produjo sin duda durante el periodo de reclusión. Se trata de un único episodio entre los cientos de reclusos de las seis cárceles incluidos en los cuatro estudios mencionados.

¡Instamos encarecidamente a los responsables políticos a que avancen y actúen en este asunto!

¿Se debería investigar más? Sin duda. Pero ya disponemos de evidencia suficiente para demostrar que los programas de intercambio de jeringas en las prisiones ayudarán a detener la propagación de la infección con pocas -si alguna- desventajas. Por lo tanto, ¡instamos encarecidamente a los responsables políticos a que avancen y actúen en este asunto! Esta es la decisión correcta, a nivel ético, legal y médico.



Nota: Las personas que integran ISGlobal persiguen ideas innovadoras con total independencia. Las opiniones expresadas en este blog son, por tanto, a título personal y no necesariamente reflejan el posicionamiento institucional.

Jeffrey Lazarus

Associate Researcher

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