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Entrevista a Manolis Kogevinas: “Como científico, has de querer hacer grandes estudios que tengan un impacto en la vida de la gente”

11.2.2026
Manolis Kogevinas

El reconocido investigador reflexiona sobre su trayectoria científica, el compromiso social y cómo la ciencia puede generar cambios reales en la sociedad.

Emmanouil (Manolis) Kogevinas tiene un muy buen catalán, que por influencia de su griego natal suena rítmico y musical. En esa modulación expresiva se percibe el sol, una miríada de islas y, dejando volar la imaginación, los 150 olivos de Corfú que me cuenta que ha heredado de su familia. Manolis es esencialmente mediterráneo: cálido, cercano, apasionado.

Research professor en ISGlobal, acumula distinciones internacionales como epidemiólogo ambiental, entre ellas el premio John Goldsmith 2020 y el título de doctor honoris causa por la Democritus University of Thrace. Trabajó en la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), codirigió el CREAL, asesoró a la OMS, llevó la dirección científica de la distinción Severo Ochoa en ISGlobal y presidió la Sociedad Internacional de Epidemiología Ambiental (ISEE), entre otros. Ha firmado estudios de impacto que han permitido controlar las dioxinas, mejorar la calidad del agua del grifo o que las poblaciones indígenas de la Amazonía peruana puedan reclamar al Gobierno cambios en la extracción de petróleo. Sus áreas de interés se han extendido allí donde su gran curiosidad científica lo ha llamado: la disrupción de los ciclos circadianos o, más recientemente, los efectos ecológicos de las guerras.

A punto de cerrar su etapa como investigador activo, nos recibe en su despacho del Parque de Investigación Biomédica de Barcelona.

-Decimos mal tu nombre, ¿verdad?

-En griego los nombres se conjugan. Me llamo Manolis pero si me llaman soy Manoli: “¡Manoli, ven aquí!”. O bien: “El teléfono de Manoli”. Pero como Manoli aquí es un nombre femenino, soy Manolis para todos y se acabó.

-¿Eres de Corfú?

-Mi familia. Yo nací en Atenas, aunque los primeros años de vida los pasé en Yakarta (Indonesia), por el trabajo de mi padre. Él murió en un accidente cuando yo tenía siete años y entonces mi madre nos cogió a los tres hijos y volvimos a Atenas. Por tanto, crecí en Atenas.

-¡Qué principio de vida!

-Especial.

-¿Recuerdas Yakarta?

-Sí, pero es un recuerdo traumático, asociado a la muerte de mi padre.

-¿Era médico?

-¡No, no! Mi padre venía de una de las buenas familias de Corfú. Hablaba bien inglés, cosa nada habitual en la Grecia de aquella época, y por eso se relacionaba con los estadounidenses e ingleses instalados en el país tras la Segunda Guerra Mundial. Fue a Yakarta a hacer negocios. Mi madre también hablaba inglés porque mi abuela, previendo que los aliados ganarían la guerra, había puesto a sus hijos a aprender el idioma durante la guerra con los nazis. Mis padres se conocieron trabajando con los ingleses y estadounidenses. Ella había estudiado enfermería en Inglaterra con una beca, pero una vez casada se convirtió en ama de casa, como pasaba entonces.

-Parecía interesarle la salud. Y a ti, ¿de dónde te vinieron las ganas de estudiar Medicina?

-Quería ayudar a las personas de los países desfavorecidos. Y también tenía un tío médico que nos cuidó mucho cuando volvimos a Atenas. Iba con él y lo veía operar y visitar pacientes.

La lección del Titanic

-¿Por qué elegiste ser oncólogo?

-Comencé Radioterapia, pero no muy convencido. En aquella época, después de la dictadura, estábamos muy metidos en política, y en algún momento incluso abandoné los estudios para trabajar a tiempo completo en un partido de izquierdas. Fue en Londres donde descubrí la Salud Pública, porque entonces no se estudiaba en Grecia. Se me abrió otro mundo. Dejé sin terminar la especialidad de Oncología y me fui con una beca a la London School of Hygiene and Tropical Medicine (LSHTM) a hacer un máster. Después ya me quedé a hacer el doctorado.

Fue en Londres donde descubrí la Salud Pública, porque entonces no se estudiaba en Grecia. Se me abrió otro mundo.

-¿Qué tiene la Salud Pública que te interesa?

-Te saca de una visión clínica muy enfocada en el paciente, que es importante y me gusta, y te abre a los factores sociales que afectan la salud. Ahora todo el mundo sabe que en el Titanic murieron muchos más pasajeros de tercera clase que de primera, pero a finales de los años ochenta todavía no existía la película y apenas lo descubríamos: los factores sociales afectan desde que eres un feto hasta que eres mayor. Eso me impactó mucho en aquel momento en el que estaba tan politizado: se puede influir en la salud de la población, y no solo en la de unos pacientes. Si quieres hacer prevención, tienes que cambiar toda la sociedad.

-Hace poco algunos de los alumnos de aquel curso 1983-84 os volvisteis a encontrar.

-¡Sí! En Bilbao. Tuvimos unos profesores excepcionales. Para empezar, Geoffrey Rose, el jefe de Epidemiología, que había sido cardiólogo y había visto que toda la población inglesa sufría enfermedades cardiovasculares, comparada con la keniana de la época. Fue el primero en hablar de “poblaciones en riesgo”. También teníamos a Michael Marmot o Valerie Beral. Gente muy, muy buena.

-¿Todos los alumnos habéis hecho carrera?

-Éramos unos veinticinco, y dos o tres somos más conocidos. Con algunos no nos habíamos visto en cuarenta años, pero en pocos minutos reconectamos, porque para todos fue un máster que nos cambió la vida.

Dos mediterráneos en Londres

-Tú, además, porque en Londres conociste a tu esposa, Sílvia de Sanjosé.

-Sí. Cuando empezaba mi doctorado, ella vino a hacer el máster. En círculos de estudiantes, los mediterráneos nos juntábamos, y con ella conectamos rápido. A los seis meses vivíamos juntos.

-No tardasteis mucho en mudaros a Lyon.

-Un miércoles por la tarde deposité mi tesis en Londres y el lunes siguiente estaba en Lyon liderando un pequeño equipo en la IARC. Un estrés tremendo, porque no estaba del todo preparado. Pasé de ser un doctorando, responsable solo de mí mismo, a tener un equipo al que debía supervisar. Mi tesis había sido sobre desigualdades sociales y supervivencia de cáncer, es decir, sobre cómo afectaba ser rico o pobre en las posibilidades de sobrevivir a un cáncer en Inglaterra. Y en Lyon me contrataron básicamente para hacer estudios sobre cáncer laboral. Los primeros seis meses fueron bastante estresantes. Después aprendí a trabajar en equipo.

Un miércoles por la tarde deposité mi tesis en Londres y el lunes siguiente estaba en Lyon liderando un pequeño equipo en la IARC. Un estrés tremendo, porque no estaba del todo preparado.

-Y te gustó.

-Aprendí mucho. Allí me conecté con mucha gente, porque la IARC era entonces uno de los pocos centros que realizaba grandes estudios internacionales. Tenía un estatus, porque era OMS. Y aprendí mucho, mucho, mucho. Por ejemplo, sabíamos que las dioxinas eran muy tóxicas pero no teníamos evidencia de que fueran cancerígenas en humanos. Nosotros la proporcionamos, con un estudio muy grande e innovador. Aprendí a hacer estudios con impacto, estudios que conducen a un cambio.

Dioxinas cancerígenas

-¿Dónde hay dioxinas?

-Estamos todos expuestos a ellas, pero a niveles muy bajos. Se encontraban en los herbicidas que usaron los estadounidenses en Vietnam para eliminar los bosques donde se escondía el ejército de Vietnam del Norte. Y, en gran cantidad, en el mar Báltico, donde la industria papelera vertía dioxinas generadas en el blanqueamiento del papel con cloro.

-¿Todavía está tan contaminado el Báltico?

-Sí, porque son persistentes. Hace tiempo que se ha controlado la contaminación, pero hacia los años noventa, cuando se hacían estudios con gente que comía pescado del Báltico, se veía que quien comía más pescado tenía más dioxinas en el organismo. Así de claro.

Sabíamos que las dioxinas eran muy tóxicas pero no teníamos evidencia de que fueran cancerígenas en humanos. Nosotros la proporcionamos, con un estudio muy grande e innovador.

-¿Y más cáncer?

-Efectivamente. Nosotros hacíamos estudios con trabajadores que tenían niveles muy altos de dioxinas. Los estudios con poblaciones laborales tienen la ventaja, respecto a la población general, de que permiten ver qué pasa con una exposición muy elevada.

-Y nosotros, ¿cómo estamos expuestos ahora a las dioxinas?

-Sobre todo comiendo carne, quesos… todo lo que tiene grasa, porque las dioxinas son lipofílicas, tienen afinidad con la grasa. Y salen de las incineradoras, la industria, etc. Ahora hay mucho más control, y esto es un gran éxito. En 1997 se clasificaron como cancerígenas, en gran parte gracias a los estudios que coordiné con otras personas, y se tomaron muchas medidas en Estados Unidos, Europa y muchos otros lugares. Se pusieron filtros en las incineradoras, por ejemplo. Sin embargo, se producen muchas y en muchos lugares, y se encuentran incluso en cantidades sorprendentes en poblaciones aisladas como las de los inuit, que no tienen industria pero comen animales con grasa. Esto solo se explica por una transmisión por el viento. Hay contaminación global.

La mirada amplia del exposoma: todo está relacionado

-Me imagino que, como científico, cuanto más estudias, más ves la complejidad de la vida.

-De ahí surge el concepto de exposoma. La necesidad de evaluar de forma más global todo lo que nos afecta. Hacia 2005, Chris Wild, director del IARC, dijo que se había dedicado mucho dinero a estudiar el genoma, pero que sabíamos poco sobre cómo la exposición externa afectaba el equilibrio interno. La idea tuvo mucho eco y se empezaron a hacer estudios asumiendo que nuestras exposiciones son complejas y que todo importa porque todo está relacionado: cómo dormimos, cómo comemos, si hacemos ejercicio físico…

Chris Wild, director del IARC, dijo que se había dedicado mucho dinero a estudiar el genoma, pero que sabíamos poco sobre cómo la exposición externa afectaba el equilibrio interno. La idea tuvo mucho eco y se empezaron a hacer estudios asumiendo que nuestras exposiciones son complejas y que todo importa porque todo está relacionado: cómo dormimos, cómo comemos, si hacemos ejercicio físico…

-Es, por tanto, un concepto bastante reciente.

-Desde finales de los años noventa se hablaba de epidemiología molecular, que ahora forma parte del exposoma. Cuando yo estaba en IARC, la biología molecular evolucionaba mucho y nos dio herramientas para evaluar carcinógenos y otros agentes tóxicos. Hicimos estudios para demostrar sus efectos en el organismo antes de que apareciera una enfermedad clínica. Por ejemplo, había estudios con animales que demostraban que el óxido de etileno era cancerígeno, pero en aquel momento se hicieron con enfermeras que lo usaban para esterilizar herramientas médicas, y se vio que provocaba cambios en el ADN.

 

Grupo de running del IMIM a mediados de los años 90: Joan Soriano, Manolis Kogevinas, Jordi Sunyer y Rosa Lamarca.

Barcelona 1994

-¿Cuántos años pasaste en Lyon?

-Cinco años y medio. Bastantes, porque la OMS es muy especial como organización. Muy interesante, pero muy burocrática. Sin embargo, la razón principal por la que nos fuimos fue personal. Silvia y yo teníamos buenos salarios y llevábamos a cabo buenos estudios, pero tuvimos nuestro primer hijo, Niko: yo le hablaba en griego, ella en catalán, y entre nosotros dos hablábamos en inglés en aquella época, sin contar con que el niño iba a una escuela francesa. ¡Era como tener Naciones Unidas en casa! En 1994 nos trasladamos a Barcelona. Sílvia consiguió trabajo en el Instituto Catalán de Oncología (ICO) y yo tenía una beca europea. Al cabo de uno o dos años entré en el IMIM. Fue fantástico, con Josep María Antó y Jordi Sunyer. Éramos un pequeño equipo de diez personas.

Tuvimos nuestro primer hijo, Niko: yo le hablaba en griego, Sílvia en catalán, y entre nosotros dos hablábamos en inglés en aquella época, sin contar con que el niño iba a una escuela francesa. ¡Era como tener Naciones Unidas en casa!

-Ya eran conocidos.

-Sí. Habían demostrado que las epidemias de asma de los años ochenta en Barcelona se debían a la inhalación de polvo de soja que se levantaba al descargar los barcos en el puerto. Y yo sabía mucho de epidemiología laboral. Así que entré a trabajar con ellos en asma. Era muy interesante investigar otra enfermedad que no fuera el cáncer.

 

Manoli Kogevinas, Josep Maria Antó y Jordi Sunyer en el año 2016. Foto: Glòria Solsona.

 

-Los tres os entendisteis muy bien.

-Estábamos muy de acuerdo, ¡hablábamos mucho! Y así nació el CREAL (Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental). Inicialmente éramos los tres. Después llegó gente fantástica: Mark Nieuwenhuijsen, Elisabeth Cardis y muchos más. Ampliamos el núcleo, pero hemos mantenido esta conexión de amigos.

Nature Briefing para siempre

-Ahora los tres estáis llegando al final de vuestra carrera profesional. ¿Cómo lo vivís?

-Mira, lo decidí hace tiempo, y por eso los dos últimos años no he pedido ninguna beca. Es un cambio psicológico muy grande, porque me interesa mucho la investigación y la ciencia. Abro cada día el Nature Briefing y lo seguiré haciendo siempre, porque es lo más interesante que hay: leer sobre agujeros negros, cocodrilos o virus de hace cuatro mil años. Nunca perderé mi interés por la ciencia, pero lo que no quiero es seguir con la investigación activa, las becas y todo eso. Tengo que aceptar que tengo muchas ideas de estudios que nunca haré. ¡Que los hagan otros! Yo entro en otra fase.

Abro cada día el Nature Briefing y lo seguiré haciendo siempre, porque es lo más interesante que hay: leer sobre agujeros negros, cocodrilos o virus de hace cuatro mil años.

-¿Y cuesta?

-Claro. Porque a los setenta años es difícil empezar otra carrera en otro ámbito.

-¡La harías!

-La haría, la haría. Pero me quedan pocos años; debería haber dejado de trabajar a los sesenta. Lo que pasa es que entonces me habría perdido todo lo que hemos hecho en estos últimos diez años tan productivos (y difíciles, con la COVID-19). Han sido años muy bonitos de trabajo, con los estudios de ISGlobal en la Amazonía, covid persistente, el Severo Ochoa y tantas otras cosas hechas con mi grupo.

El desastre, también ecológico, de las guerras

-¿Qué estudiarías ahora?

-Algo artístico. Hago cerámica desde hace mucho tiempo, y antes también pintaba. Nunca seré un ceramista muy conocido, pero da igual, ¡haré cientos de cuencos y piezas de muy buena calidad! Me lo paso muy bien. Y también tengo que leer bastante. En cuanto al trabajo, me interesa seguir involucrado en estudiar cómo los conflictos armados afectan al ambiente y la salud ambiental, y cómo interactúan con el cambio climático: porque el cambio climático provoca guerras, pero las guerras también afectan mucho al cambio climático. Es probable que emitan un 5% del CO2. Pero esto no está medido ni considerado en ningún acuerdo internacional. Presido con una epidemióloga de Estados Unidos un comité de la Asociación Internacional de Epidemiología Ambiental y estamos intentando trabajar en ello. Por ejemplo, ver qué se puede hacer en Gaza, con todos los residuos que hay por todas partes. Lo que pasa allí, además de un crimen de guerra, es un desastre ecológico que durará muchos años.

Me interesa seguir involucrado en estudiar cómo los conflictos armados afectan al ambiente y la salud ambiental, y cómo interactúan con el cambio climático: porque el cambio climático provoca guerras, pero las guerras también afectan mucho al cambio climático.

-¿Podréis entrar allí a tomar muestras?

-Ahora es imposible. Los colegas de origen árabe han podido extraer muestras de agua de la parte ocupada de Cisjordania, aunque de manera clandestina. Pero hay otros lugares donde podemos hacerlo: el Congo o Ucrania. Esta es la única actividad organizada que mantendré. Y se conecta con mi pasado en política.

-Tu ciencia tiene esta conexión con la sociedad.

-Es una de las cosas importantes de ISGlobal. Además de que está abierta al mundo y no cerrada a Europa, tiene toda la parte de traslación y políticas mucho más desarrollada que el CREAL. Agradezco mucho que ISGlobal cuide tanto el impacto que tiene la investigación.

Con Cristina O'Callaghan en la Amazonía peruana en 2016.

¿Cenar solo a las ocho o acompañado a las diez?

-¿Los resultados de los estudios que has hecho han cambiado algo de tu día a día?

-El problema es que todo lo que descubro en mis estudios sobre el ciclo circadiano no puedo aplicarlo en casa, entre otras cosas porque Sílvia trabaja con América y tiene horario de tarde. Mis estudios dicen que hay que cenar temprano y no acostarse inmediatamente. Nosotros cenamos a las diez de la noche, ¿sabes? La vida es así. Hay que tomar decisiones, y para mí sería mucho peor cenar solo a las ocho.

Mis estudios dicen que hay que cenar temprano y no acostarse inmediatamente. Sílvia y yo cenamos a las diez de la noche, ¿sabes? Entre otras cosas porque ella trabaja con América y tiene horario de tarde. La vida es así. Hay que tomar decisiones, y para mí sería mucho peor cenar solo a las ocho.

-¿Estás contento con tu carrera profesional? ¿Esperabas que fuera tan fructífera y estimulante?

-Eso nunca se sabe. Haces estudios y unos salen bien y otros no. He hecho algunos grandes, también con la OMS, que no salieron bien: demasiado esfuerzo para pocos hallazgos. Y otros estudios han sido fantásticos: el de aguas con Cristina Villanueva, por ejemplo. Cambiamos el conocimiento, la manera de hacer los estudios de contaminación química en el agua. ¡Éramos el equipo más potente del mundo en esta área! En asma laboral también hicimos hallazgos importantes. Y en el ciclo circadiano. Eso era lo que quería: estudios que cambiaran el conocimiento o que tuvieran un impacto en la forma en que vivimos. Después, hay otros estudios que podrían haberse publicado mejor, pero que fueron importantes, como el que hicimos con Cristina O’Callaghan en la Amazonía y que dio herramientas a las poblaciones indígenas de Perú para que pudieran pedir mejoras en sus horribles condiciones de vida. Lo logramos y ese es un impacto importante.

Cambiamos el conocimiento, la manera de hacer los estudios de contaminación química en el agua. ¡Éramos el equipo más potente del mundo en esta área! En asma laboral también hicimos hallazgos importantes. Y en el ciclo circadiano. Eso era lo que quería: estudios que cambiaran el conocimiento o que tuvieran un impacto en la forma en que vivimos.

-¿Esta es la parte más gratificante de tu trabajo?

-Hay muchas cosas: sentarme con un buen doctorando y ver qué encontramos, interpretar los datos, intentar resumirlo en una tabla, eso es muy gratificante, ¡mucho! Los jóvenes investigadores e investigadoras llegan con la mente limpia, tienen nuevas ideas, y nosotros, como mentores, tenemos la experiencia para orientarlos. Eso fue lo que pasó con Cristina Villanueva: tenía una idea, y trabajamos mucho juntos pero era su idea. Cambiamos todos los estudios de agua y de contaminación química en el agua.

-Y las políticas también.

-Claro. Aquí hasta principios de los 2000 teníamos niveles de químicos superiores a los que establecía la legislación europea. Ahora el agua ha mejorado mucho.

-¿Cómo resumirías lo que has aprendido como científico?

-A hacer estudios bien hechos y a ser muy exigente en todo. En Epidemiología hay que hacer estudios grandes y tener buen financiamiento. Y he aprendido a hacer estudios que tengan un impacto, aunque antes de hacerlos no siempre puedas evaluar el impacto que tendrán. Pero hay que querer hacer cosas grandes que cambien la vida de las personas. Y trabajar mucho en equipo.