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Trump contra el clima el coste humano de negar el cambio climático Foto: Canva
Salud ambiental

Trump contra el clima: el coste humano de negar el cambio climático

La decisión de EE. UU. de reducir las restricciones a las emisiones de las centrales eléctricas llega cuando los efectos del cambio climático sobre la salud ya son medibles, desde las muertes por calor hasta los riesgos asociados a incendios, sequías y enfermedades infecciosas.

25.09.2026

Estados Unidos acaba de dar un nuevo y extraordinario paso atrás en la lucha contra el cambio climático. El 14 de septiembre, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) eliminó la mayor parte de los límites establecidos durante la presidencia de Joe Biden a las emisiones de gases de efecto invernadero de las centrales eléctricas de carbón y gas, y propuso suprimir también las restantes normas federales para el sector eléctrico. La propia EPA lo presenta como la mayor operación de desregulación del sector eléctrico en la historia de Estados Unidos y estima que ahorrará más de 300.000 millones de dólares.

La decisión es coherente con el rechazo frontal de Donald Trump a las políticas climáticas. Trump ha llegado a calificar el cambio climático como “el mayor engaño” jamás perpetrado contra el mundo. Pero existe también un contexto político más inmediato. La guerra con Irán ha alterado gravemente los mercados internacionales de la energía y ha provocado un fuerte aumento del precio de los combustibles. En este contexto, la Administración presenta la regulación ambiental como parte del problema: las políticas contra el cambio climático, argumenta, limitan la producción energética estadounidense y encarecen la energía. La EPA promete ahora más carbón y gas, y precios más bajos.

Que esta desregulación vaya a abaratar significativamente la factura energética de las familias es discutible. Lo que científicamente es mucho menos discutible es el coste de seguir quemando combustibles fósiles.

Quizás lo más sorprendente de la nueva posición de la EPA sea su argumento de que los posibles daños para la salud derivados de las emisiones del sector eléctrico estadounidense son demasiado “inciertos, conjeturales, remotos y complejos” para justificar su regulación.

El cambio climático ya no es fundamentalmente una amenaza para las generaciones futuras. Está ocurriendo ahora. Ha aumentado la temperatura del planeta y de los océanos, se derriten glaciares y masas de hielo y aumenta el nivel del mar. Las olas de calor son más frecuentes e intensas, y aumentan los riesgos asociados a sequías, incendios forestales, lluvias extremas e inundaciones. Y todos estos cambios tienen consecuencias para la salud.

El coste del cambio climático ya se mide en vidas

El calor es probablemente el ejemplo que podemos medir mejor. Un equipo investigador de ISGlobal, en Barcelona, liderados por Joan Ballester, han desarrollado modelos epidemiológicos que permiten estimar la mortalidad atribuible al calor en Europa. En un primer estudio estimaron unas 61.700 muertes relacionadas con el calor durante el verano de 2022. España, con unas 11.300, fue uno de los países más afectados.

La Organización Mundial de la Salud ha estimado que entre 2030 y 2050 el cambio climático provocará aproximadamente 250.000 muertes adicionales cada año. Pero la propia OMS define la cifra como una estimación conservadora.

El grupo ha continuado este trabajo utilizando una base de datos que cubre prácticamente toda la población europea. Para 2024 estimó 62.775 muertes relacionadas con el calor en 32 países. Estas estimaciones se utilizan actualmente en el Lancet Countdown in Europe, uno de los principales sistemas internacionales de seguimiento de los efectos del cambio climático sobre la salud. El informe de 2026 muestra que la mortalidad relacionada con el calor ha aumentado en prácticamente todas las regiones europeas estudiadas y que los mayores incrementos se observan en el sur y sureste de Europa.

Pero las muertes por calor son solamente la parte más visible y mejor cuantificada del problema.

Sequías, incendios y precios: el caso de España

En España, el calor y la sequía también tienen consecuencias para la salud a través de la disponibilidad de agua, la producción de alimentos y el riesgo de incendios. Estos últimos no solo causan muertes y lesiones directas: el humo contiene partículas finas que pueden desplazarse grandes distancias y aumentar la exposición de poblaciones alejadas del incendio.A todo ello hay que añadir efectos mucho más difíciles de cuantificar: inseguridad alimentaria, problemas de salud mental, pérdida de medios de subsistencia, desplazamientos de población y migraciones, así como la interrupción de servicios sanitarios después de inundaciones, incendios y otros fenómenos extremos. La sequía y la escasez de agua, por ejemplo, pueden actuar simultáneamente sobre el agua potable, la alimentación, las enfermedades infecciosas, los incendios y la salud mental.

Las cifras disponibles solo captan una parte del impacto

La Organización Mundial de la Salud ha estimado que entre 2030 y 2050 el cambio climático provocará aproximadamente 250.000 muertes adicionales cada año. Pero la propia OMS define la cifra como una estimación conservadora. Incluye básicamente cuatro grandes vías, calor, malaria, enfermedades diarreicas y desnutrición infantil, y deja fuera numerosos efectos que todavía no pueden cuantificarse adecuadamente. Entre ellos están algunas consecuencias de los grandes episodios de calor, las inundaciones, la escasez de agua, los efectos sobre los sistemas alimentarios, las migraciones y muchas consecuencias indirectas sociales y económicas. La propia OMS advierte que sus 250.000 muertes no representan una predicción del impacto global del cambio climático sobre la salud.

Y el futuro dependerá en gran medida de las decisiones que tomemos ahora. Cada fracción adicional de grado de calentamiento aumenta los riesgos para la salud, los ecosistemas y las sociedades.

El efecto dominó de la desregulación

Por eso la decisión de la EPA no es solamente un asunto interno estadounidense. Estados Unidos sigue siendo una de las mayores economías y uno de los grandes emisores mundiales, además del mayor emisor histórico acumulado de CO₂. Sus decisiones tienen, por tanto, un efecto directo sobre el clima, pero también un enorme efecto político. Las políticas internacionales contra el cambio climático dependen en buena medida de que los países confíen en que los demás también reducirán progresivamente su dependencia de los combustibles fósiles. Cuando una de las principales potencias económicas del mundo afirma exactamente lo contrario, que limitar los gases de efecto invernadero es un obstáculo innecesario para la prosperidad, debilita los esfuerzos de prevención en todo el planeta.

La política climática es también política sanitaria. La pregunta ya no es si el cambio climático afectará a nuestra salud. Es cuánta enfermedad y cuántas muertes estamos dispuestos a aceptar.

Quizás lo más sorprendente de la nueva posición de la EPA sea su argumento de que los posibles daños para la salud derivados de las emisiones del sector eléctrico estadounidense son demasiado “inciertos, conjeturales, remotos y complejos” para justificar su regulación.

La evidencia científica dice otra cosa. Ya estamos contando las muertes.

Reducir los combustibles fósiles no significa únicamente evitar daños climáticos dentro de varias décadas. Produce beneficios inmediatos al reducir la contaminación atmosférica y sus efectos cardiovasculares y respiratorios. La falsa elección entre prosperidad económica y protección del clima ignora estos beneficios y, sobre todo, ignora que el cambio climático ya se está pagando en términos de enfermedad y muerte.

La política climática es también política sanitaria. La pregunta ya no es si el cambio climático afectará a nuestra salud. Es cuánta enfermedad y cuántas muertes estamos dispuestos a aceptar.