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La mejor noticia en el peor de los momentos

20.7.2026
The Best News at the Worst of Times
Foto: Nico Granada - Felicidad Ramos, responsable de salud comunitaria en La Frontera (Cochabamba, Bolivia) charla animadamente con Luz.

La resolución aprobada el 7 de julio por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU convierte las enfermedades desatendidas en una cuestión de derechos humanos y marca un antes y un después para más de mil millones de personas.

 

Tiempo de lectura: 5 min

A veces una resolución de la ONU pasa desapercibida. La del 7 de julio no debería hacerlo. Cambia el terreno de juego para más de mil millones de personas porque, desde ahora, las enfermedades desatendidas dejan de ser solo un problema sanitario para convertirse también en una cuestión de derechos humanos.

No es lo mismo reclamar atención política, financiera y médica para una enfermedad olvidada, que denunciar la violación de un derecho fundamental. Esa es la diferencia después del 7 de julio.

La noticia debería haber llegado por altavoces a cada una de las más de mil millones de personas afectadas en el mundo por una o varias de las 21 enfermedades tropicales desatendidas (ETD), según la clasificación de la ONU. Es una lista larga donde resuenan algunas como leishmaniasis, lepra, filariasis linfática, Chagas, etc. La mayoría de estas dolencias comparten rasgos de exclusión, estigma y discriminación, además de un fuerte impacto en mujeres, niños y niñas.

Muchas de estas enfermedades dejaron hace tiempo de ser un problema exclusivamente rural o tropical. La enfermedad de Chagas es un buen ejemplo. Los movimientos migratorios y otros cambios globales la han convertido en un desafío de salud pública también para países como España, donde se estima que viven unas 80.000 personas afectadas. En Estados Unidos son 300.000. Además, puede transmitirse de madre a hijo durante el embarazo, aunque esa transmisión es prevenible mediante el diagnóstico y el tratamiento oportunos.

Una cuestión de derechos humanos

Desde el pasado 7 de julio, las enfermedades desatendidas son algo más: son materia de derechos humanos. Eso significa que no tratar debidamente estas enfermedades ya no será solo un problema de negligencia sanitaria o política, sino una vulneración de derechos humanos.

Desde el pasado 7 de julio, las enfermedades desatendidas son materia de derechos humanos. Eso significa que no tratar debidamente estas enfermedades ya no será solo un problema de negligencia sanitaria o política, sino una vulneración de derechos humanos.

La resolución fue impulsada por un grupo de países africanos liderado por Malawi y contó con el apoyo de decenas de organizaciones, entre las que estuvo ISGlobal junto a la Coalición Global de Chagas.

A falta de un informe que detalle en qué consistirá la inclusión de las enfermedades desatendidas en los Derechos Humanos, podemos anticipar un impacto en el fortalecimiento del trabajo de incidencia de los grupos y asociaciones de personas afectadas. Pero incluso antes de conocer el alcance práctico de esa resolución, hay algo que ya ha cambiado.

21 enfermedades, mil millones de personas

Para quienes investigan, para quienes dan formación, para quienes desarrollan herramientas terapéuticas y logísticas contra las enfermedades desatendidas, estamos en un tiempo nuevo. No solo trabajan para un objetivo de justicia y equidad en salud, sino por un derecho humano oficialmente reconocido.

Pero conviene no dejarse llevar por el entusiasmo. Porque, sinceramente, ¿quién cree que los Estados están ahora mismo temblando por la noticia? ¿Creen que están calculando los recursos y compensaciones millonarias que tendrían que abonar a cada persona que no haya sido tratada apropiadamente de una enfermedad desatendida?

Bien es cierto que, en materia legal, no es lo mismo un problema de salud pública que uno de derechos humanos. Este tipo de derechos son inalienables y pertenecen a cada una de las personas.

En parte, la resolución de la ONU les cambia el nombre a las enfermedades desatendidas: Ya no son «helmintiasis, filariasis, pian u oncocercosis». Ahora se llaman Yusuf, Amelia, Ibrahim, Wole o Chantal.

En parte, la resolución de la ONU les cambia el nombre a las enfermedades desatendidas: ya no son «helmintiasis, filariasis, pian u oncocercosis». Ahora se llaman Yusuf, Amelia, Ibrahim, Wole o Chantal. Atenderlas no es solo un deber de salud pública sino un derecho de Yusuf, Amelia, Ibrahim, Wole o Chantal. Un derecho de cada uno de nosotros.

El peor momento para los derechos humanos

No es tiempo de hacerse muchas ilusiones. La Declaración de 1948 surgió justo después de un mundo en guerra. Otra vez, nos encontramos en un mundo en guerra, con una financiación creciente hacia el sector armamentístico y un recorte fundamental a la ayuda en salud global.

Y sobre los derechos humanos, solo hace falta ver lo que está ocurriendo en Gaza, frente a nuestros ojos, así como en otras partes del mundo, a norte, sur, este y oeste. Y ya las violaciones de tales derechos ni siquiera se enmascaran ni disimulan. Al menos, todavía.

Estamos en uno de los peores momentos para los derechos humanos. Así que la aprobación de que las enfermedades desatendidas formen parte de ellos, parece más bien un regalo envenenado.

Estamos en el “todavía”, en uno de los peores momentos para los derechos humanos. Así que la aprobación de que las enfermedades desatendidas formen parte de ellos, parece más bien el regalo envenenado de un banco en quiebra que elige a un incauto director sin informarle del estado de cuenta.

Pero el tiempo pasa y los muertos pesan. Veremos la vuelta a la cordura, en ese ciclo pendular incesante del ser humano entre la violencia y el sentido común. Volveremos a leer cada artículo de los Derechos Humanos como si fuera la única frontera del mundo.

Lo importante será que cuando llegue ese día, en los artículos de la Declaración, estarán ya las enfermedades desatendidas, donde siempre debieron estar, con los ojos y la boca de cada una de las personas afectadas, pero por fin atendidas. Por una mañana, por una tarde, la del 7 de julio, no se nos prohibió soñar. «Pasó esa mañana, pasó esa tarde. Fue el día primero».