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China barre la malaria de su territorio. ¿Cómo lo consiguió?

05.7.2021
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Desde los años 50 del siglo pasado el país puso en marcha estrategias novedosísimas contra la que entonces era la enfermedad infecciosa más común en su territorio. 70 años más tarde, la OMS ha certificado a China como ‘país libre de malaria’

China fue la gran desconocida para el mundo de la malaria en Occidente durante décadas. Cerrada a cal y canto en los años 60, fuera de la Organización Mundial de la Salud (OMS) por más de 20 años y con contactos técnicos únicamente con países afines como Rusia hasta bien entrados los años 80, no fue sino hasta hace relativamente poco que la ‘malariología’ occidental descubrió con admiración las estrategias que China puso en marcha durante la segunda mitad del siglo XX y que le han llevado a ser certificada, esta misma semana, como país ‘libre de malaria’ por la OMS. ‘De 30 millones de casos a cero’, es el lema con el que la OMS ha anunciado esta gran noticia. Los números son impresionantes, pero… ¿cómo lo consiguieron?

'De 30 millones de casos a cero’, es el lema con el que la OMS ha anunciado esta gran noticia. Los números son impresionantes, pero… ¿cómo lo consiguieron?

A pesar de ser un miembro fundador de la OMS, China se retiró de la organización en 1949 argumentando que estaba dominada por la ideología capitalista y que era imposible tener éxito si se negaban los vínculos entre los problemas sociales y económicos, y la salud. En la práctica, esto significó que China nunca participó en el Programa Mundial de Erradicación de la Malaria vigente entre 1955 y 1969 y que, mientras en la mayor parte del mundo las estrategias se alineaban para fumigar masivamente contra los mosquitos con DDT, China emprendió un camino propio, fructífero y muy original.

En un momento en que la malaria era la enfermedad infecciosa más común, endémica en 80% de su territorio y con tasas de infección que superaban el 40% en ciertas zonas, en 1951 China lanzó su primer y ambicioso Plan Nacional de Control de la Malaria, uno de cuyos pilares fue establecer ‘Estaciones de malaria’ que combinaban la prevención y el tratamiento con la investigación epidemiológica. Fuertemente influidos por los ‘doctores descalzos’ y la importancia de la participación comunitaria en temas de salud, para finales de los años 50 se calcula que había un trabajador comunitario dedicado a combatir la malaria por cada cinco hogares, a lo largo y ancho del vasto territorio.

Para finales de los años 50 se calcula que había un trabajador comunitario dedicado a combatir la malaria por cada cinco hogares, a lo largo y ancho del vasto territorio

La información generada por esta red de trabajadores permitió adaptar las estrategias a las variadas condiciones epidemiológicas, y combinar diferentes herramientas según la especie del parásito, la intensidad de la transmisión o el tipo de mosquito que se combatía, entre muchos otros factores que determinan la transmisión de la malaria. A la fumigación con DDT los chinos sumaron intervenciones ambientales y los larvicidas contra las crías de mosquitos. De manera muy importante, se organizaron campañas masivas para administrar fármacos antimaláricos a grandes grupos poblacionales, como una manera de reducir la transmisión e incluyendo el uso de primaquina para atacar los estadíos ‘durmientes’ en el ciclo de vida del Plasmodium vivax.

Los años 60 y 70 fueron testigos de un drástico empeoramiento de la situación de la malaria en China. La Revolución Cultural desmanteló el sistema de salud en las zonas rurales, mientras la pobreza y la hambruna, los desplazamientos forzosos y las grandes obras de infraestructura abonaban el terreno para las terribles epidemias que asolaron China en esos años.

Paradójicamente, fue también durante la Revolución Cultural que se materializó lo que hoy en día constituye la mayor aportación de China a la lucha contra la malaria: el descubrimiento de la artemisinina que, tras la generalización de la resistencia contra la cloroquina por parte de los parásitos que causan la malaria, constituye hoy por hoy la primera línea de tratamiento contra esta enfermedad.

Durante la Revolución Cultural que se materializó lo que hoy en día constituye la mayor aportación de China a la lucha contra la malaria: el descubrimiento de la artemisinina

En plena guerra de Vietnam, cuando los ejércitos del Norte y del Sur podían comparar sus bajas en combate con las causadas por la malaria, el gobierno chino recibió la petición formal de sus aliados norvietnamitas de desarrollar un nuevo medicamento antimalárico. A ello se pusieron cientos de científicos coordinados en el llamado Proyecto 523, que se desarrolló bajo el más estricto secreto militar. Los investigadores que participaron en él vivían con el temor de que las milicias comunistas tomaran represalias contra ellos en el contexto de la persecución a la que estaban sujetos científicos e intelectuales, llegando incluso a trabajar de noche para no levantar sospechas, en condiciones realmente difíciles. La recompensa llegó de la confluencia de la farmacología ‘moderna’ y la medicina tradicional china: releyendo sistemáticamente las antiguas Materias Médicas y replicando los métodos antiguos de extracción para no dañar las sustancias activas, la artemisinina (Quinhaosu)  se probó por primera vez en humanos en 1972, con resultados espectaculares (la farmacóloga china Tu Youyou recibió por ello el premio Nobel de medicina años después).

También en los años setenta, en la provincia de Guangdong, se hicieron los primeros estudios de eficacia de lo que hoy en día es la herramienta preventiva más común –y más útil- contra la malaria: las redes mosquiteras impregnadas con insecticida. Tan pronto como en 1984, cuando en el resto del mundo la efectividad de este tipo de redes era controvertida y la OMS no la había recomendado todavía, más de 5 millones de chinos dormían cada noche bajo su protección, lo que llevó a disminuciones drásticas en las tasas de infección.

Cuando en el resto del mundo la efectividad de las redes mosquiteras impregnadas con insecticida era controvertida y la OMS no la había recomendado todavía, más de 5 millones de chinos dormían cada noche bajo su protección, lo que llevó a disminuciones drásticas en las tasas de infección

La última etapa en la larga lucha contra la malaria en China comenzó en los años 80, cuando el gobierno restituyó la distribución gratuita de medicamentos y diagnósticos contra la malaria y fortaleció nuevamente el sistema de vigilancia epidemiológica.

En 2010, China lanzó su plan de eliminación de la malaria, bajo el amparo de una sólida voluntad política y basado en una estrategia denominada ‘1-3-7’, en función del número de días desde la aparición de un caso de malaria hasta su reporte (1), su confirmación e investigación (3) y la puesta en marcha de una respuesta de salud pública para prevenir la propagación de la transmisión (7). Volviendo a los orígenes de la malariología china, la estrategia 1-3-7 fue implementada por los centros de atención primaria de salud, y se complementó con estrategias específicas en áreas particularmente conflictivas, como las fronteras con países con transmisión mayor.

70 años después del establecimiento de su primer plan contra la malaria y después de innumerables altibajos, la declaración de la OMS certifica que en China no ha habido ningún caso de transmisión local durante los últimos tres años, y que el país cuenta con un sistema capaz de detectar los casos importados y evitar que se propague la infección. De 30 millones a cero casos, dice la OMS. Y con ella todos respondemos: ¡Salud!