La transición epidemiológica (o de qué moríamos, morimos y moriremos)

La transición epidemiológica (o de qué moríamos, morimos y moriremos)

05.9.2017
image alt

 

Qué es

En 1900, un recién nacido en España podía esperar vivir hasta los 35 años en promedio. En 2011, puede esperar vivir hasta los 82 años, es decir más del doble. En los últimos dos siglos, no solo se ha duplicado (o incluso triplicado) la esperanza de vida en todo el mundo. También han cambiado las causas de mortalidad. El bebé nacido en 1900 hubiera muerto seguramente de alguna enfermedad infecciosa – neumonía, tuberculosis o alguna infección gastrointestinal.  Aquel nacido en 2011 seguramente morirá de alguna enfermedad crónica no transmisible, como cáncer o enfermedad cardiovascular.  

Al cambio en los patrones de enfermedad y en las causas de muerte se le conoce bajo el nombre de transición epidemiológica

A este cambio en los patrones de enfermedad y en las causas de muerte —en que se pasa de una mortalidad infantil elevada y epidemias infecciosas a una mayor prevalencia de enfermedades crónicas degenerativas— se le conoce bajo el nombre de transición epidemiológica y tiene importantes implicaciones en el diseño de políticas de salud pública.

 

Fuente: Global Burden of Disease 2015 Compare Visualisation - Institute of Health Metrics and Evaluation  

Por qué

Esta transición epidemiológica es el resultado de varios factores relacionados entre sí:

  • Cambios demográficos: la reducción en mortalidad infantil conlleva a una reducción en las tasas de fertilidad. Como consecuencia, un mayor porcentaje de la población llega a la edad adulta y desarrollará enfermedades típicas de adultos.
  • Cambios en los factores de riesgo: esto incluye cambios en la abundancia, distribución y/o virulencia de microorganismos patógenos, factores ambientales —frecuentemente causados por la actividad humana— que pueden causar enfermedades, y factores sociales y culturales, como por ejemplo estilo de vida y tipo de dieta.
  • Prácticas de la medicina moderna: las vacunas constituyen sin duda el mayor logro de la salud pública —cada año evitan de 2 a 3 millones de muertes por enfermedades como la difteria, el tétanos y la tosferina; han permitido erradicar la viruela, y prácticamente erradicar la polio.  El descubrimiento de la penicilina en el siglo 20 fue otro punto de inflexión en la medicina moderna y desde entonces los antibióticos han salvado cientos de millones de vidas.

Fuente: Organización Mundial de la Salud (OMS). 2015. Muertes en millones. 

Cómo se mide

El número de muertes no es suficiente para medir la salud de una población. También importan los años de vida saludable

Sin embargo, el número de muertes no es suficiente para medir la salud de una población. También importan los años de vida saludable. Así, los años de vida ajustados por discapacidad (DALYs, por sus siglas en inglés) suman el impacto de los años perdidos por muerte prematura y de los años perdidos por discapacidad. Al aplicar esta medida, surgen algunas “sorpresas” como por ejemplo la magnitud de las enfermedades neuropsiquiátricas (encabezadas por la depresión), que no son mortales pero sí son causa de discapacidad, y que representan más del 15% de la carga total de enfermedad en países desarrollados.  

La doble carga de enfermedad  

A pesar de los éxitos en salud logrados en el último siglo y las tendencias globales descritas arriba, las poblaciones más vulnerables del planeta siguen muriendo de enfermedades infecciosas prevenibles, una carga amplificada por la desnutrición y la pobreza. Para muchos países de ingresos bajos y medios, esto significa una doble carga de enfermedad: problemas “viejos” de salud incluyendo enfermedades infecciosas y mortalidad materna e infantil elevada junto con problemas “emergentes” de salud por enfermedades crónicas asociadas a un estilo de vida occidental y al envejecimiento general de la población.  

En países de ingresos bajos y medios, hay una doble carga de enfermedad: problemas “viejos” de salud incluyendo enfermedades infecciosas (...) y problemas “emergentes” por enfermedades crónicas

Estas diferencias son evidentes al comparar países desarrollados y países en desarrollo, pero también existen dentro de un mismo país, donde la mortalidad y morbilidad debida a enfermedades infecciosas es mucho mayor en ciertas poblaciones. Irónicamente, esas mismas poblaciones, cuyo denominador común es la pobreza, también serán víctimas de obesidad, enfermedad cardiovascular y diabetes, mientras que los estratos sociales más acomodados  —que fueron los primeros en sufrirlas— ya han comenzado a adoptar tratamientos y hábitos para prevenir dichas enfermedades. Por ejemplo, un estudio del año pasado muestra que la prevalencia de obesidad y el índice de masa corporal incrementan de manera directamente proporcional a los ingresos en países con menor desarrollo mientras que, en los países con mayor desarrollo, la obesidad es inversamente proporcional a los ingresos.

Global Burden of Disease 2015, The Lancet 

Pero no es tan simple…   

En 1969, la máxima autoridad médica de EEUU, William Stewart, declaró frente al congreso que era “momento de cerrar el capítulo de enfermedades infecciosas como amenaza grave a la salud pública”. Evidentemente, no previó la epidemia global de VIH/sida, o de otros patógenos emergentes como el ébola o el zika, ni los retos que representa la resistencia antimicrobiana. La realidad actual es que la desnutrición y la pobreza, aunadas a los desequilibrios ambientales, la explosión demográfica y la globalización, son un terreno fértil para la emergencia de nuevos patógenos (previamente limitados a ciclos selváticos) o el aumento de infecciones que estaban bajo control (como por ejemplo, la tuberculosis, con la aparición de cepas multirresistentes, o el dengue, con la reaparición del vector en las Américas).

Si bien estamos viviendo una transición epidemiológica hacia enfermedades crónicas no transmisibles, las enfermedades infecciosas emergentes (sobre todo aquellas transmitidas por vectores) y  reemergentes (las bacterias resistentes a antibióticos) representan una amenaza real y presente a nivel global.  

La distinción entre enfermedad infecciosa y crónica no está tan claramente marcada como pensábamos

A esto se une otra complejidad: la distinción entre enfermedad infecciosa y crónica no está tan claramente marcada como pensábamos. De hecho, los agentes infecciosos y los procesos inflamatorios causados por los mismos juegan un papel importante en el origen de enfermedades crónicas como el cáncer cervical (asociado al virus del papiloma humano), la úlcera gastrointestinal (asociada a la bacteria H. pylori) y la enfermedad cardiovascular o la diabetes (asociadas a la inflamación crónica), y se está descubriendo evidencia de inflamación en muchas otras enfermedades, incluyendo el autismo y otras enfermedades mentales.

Fuente: A Short History Of Humans And Germs: Early Encounters | Goats & Soda | NPR

 

¿Qué hacer?

Ello implica diseñar un conjunto de intervenciones adecuadas a los retos y riesgos de cada población

Todo esto resalta la necesidad de pensar más allá de la transición epidemiológica para hacer frente a los retos actuales en salud global. Ello implica diseñar un conjunto de intervenciones adecuadas a los retos y riesgos de cada población.  Las enfermedades infecciosas que afectan a las poblaciones más pobres se pueden combatir con intervenciones ya existentes y con un coste-beneficio elevado. La doble carga de enfermedad multiplica el número de enfermedades que potencialmente afectan a todos y las intervenciones contra las mismas deben ser más variadas e implicar a múltiples sectores y actores. Finalmente, las estrategias para reducir los riesgos asociados a la vida sedentaria y la “hipernutrición” no deberán eclipsar la amenaza real y presente de las enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes.