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Vivienda y salud la importancia de poder permanecer Foto: Lucas Amillano / Ayuntamiento de Barcelona - Vecina en la nueva vivienda social de la calle Venezuela de Barcelona.
Salud ambiental

Vivienda y salud: la importancia de poder permanecer

La salud también depende de poder acceder a una vivienda adecuada y tener la seguridad de poder seguir viviendo en ella.

La evidencia muestra que la inseguridad residencial y la amenaza de perder el hogar pueden tener consecuencias sobre la salud física y mental.

08.10.2026

Una vivienda saludable debe protegernos del frío y del calor, tener una buena calidad del aire, suficiente luz natural y permitirnos descansar. Pero la salud también depende de algo menos visible: poder pagar esa vivienda y tener la seguridad de poder seguir viviendo en ella.

La vivienda es mucho más que cuatro paredes y un techo

Hace tiempo que la vivienda se entiende como mucho más que el espacio físico que habitamos. Según Naciones Unidas, el derecho a una vivienda adecuada incluye, entre otros aspectos, la seguridad de tenencia, la asequibilidad, la accesibilidad y una localización que permita acceder a servicios y oportunidades de educación y trabajo. Una vivienda tampoco puede considerarse adecuada si su coste compromete la capacidad del hogar para satisfacer otras necesidades básicas.

Esta concepción amplia de la vivienda es también importante desde la salud pública. Un marco conceptual publicado recientemente en The Lancet Public Health propone tres pilares de los sistemas de vivienda especialmente relevantes para la salud:

  • Asequibilidad (affordability): La relación entre costes de vivienda (hipoteca, mantenimiento, energía…) y los recursos disponibles del hogar. La evidencia es particularmente consistente para la salud mental.
  • Seguridad residencial (security): La posibilidad de permanecer en el hogar sin temor a un desalojo forzoso u otras amenazas. La seguridad residencial tiene una dimensión objetiva y otra psicosocial, vinculada a sensación de control, privacidad, continuidad y permanencia.
  • Adecuación(suitability): La capacidad de la vivienda para responder a las necesidades específicas de quienes la habitan, en términos, por ejemplo, de tamaño, ubicación, condiciones físicas, diseño o accesibilidad.

Estos tres pilares están estrechamente relacionados. Una vivienda puede reunir unas buenas condiciones físicas y, sin embargo, resultar inadecuada para las necesidades de quienes la habitan, ser difícil de pagar o no ofrecer suficiente seguridad de permanencia. Del mismo modo, los problemas de asequibilidad pueden acabar condicionando tanto las características de la vivienda a la que podemos acceder como nuestra capacidad para permanecer en ella. Entender cómo estas dimensiones se relacionan entre sí ayuda también a comprender las distintas vías por las que la vivienda puede afectar a nuestra salud.

Cuando el precio de la vivienda desplaza otras necesidades

Cuando el alquiler, la hipoteca y otros gastos asociados a la vivienda absorben una proporción elevada de los ingresos del hogar, disminuyen los recursos disponibles para otras necesidades importantes para la salud, como una alimentación adecuada, el transporte, o las actividades sociales y educativas. También puede resultar más difícil afrontar las facturas energéticas y mantener la vivienda a una temperatura adecuada, aumentando el riesgo de pobreza energética que se ha asociado con peores resultados de salud física y mental.

La dificultad para afrontar los gastos de la vivienda, la incertidumbre ante futuras subidas del alquiler o la posibilidad de perder el hogar pueden generar una sensación persistente de inseguridad y estrés. La seguridad residencial no consiste únicamente en permanecer físicamente en una vivienda, sino también en tener una expectativa razonable de poder seguir haciéndolo.

La falta de vivienda asequible puede además aumentar el riesgo de vivir en condiciones de hacinamiento, condición que afecta de forma destacada a hogares monoparentales en Europa y que se ha asociado con múltiples efectos adversos sobre la salud física y mental tanto de adultos como en la infancia.

Una referencia ampliamente utilizada para valorar la asequibilidad de la vivienda es que sus costes no superen el 30% de los ingresos del hogar. No obstante, estudios recientes sugieren que la relación entre carga económica de la vivienda y salud mental puede ser gradual y comenzar por debajo de ese umbral. En Cataluña, en 2024, una cuarta parte de los hogares en alquiler a precio de mercado superaba incluso el 40% de los ingresos destinados a la vivienda, umbral utilizado por Eurostat para identificar situaciones de sobrecarga por los costes de vivienda.

La importancia de poder permanecer

La asequibilidad está, además, estrechamente relacionada con otro de los pilares de la vivienda: la seguridad residencial. La dificultad para afrontar los gastos de la vivienda, la incertidumbre ante futuras subidas del alquiler o la posibilidad de perder el hogar pueden generar una sensación persistente de inseguridad y estrés. La seguridad residencial no consiste únicamente en permanecer físicamente en una vivienda, sino también en tener una expectativa razonable de poder seguir haciéndolo.

Y no es necesario que la pérdida de la vivienda llegue a producirse para observar asociaciones con la salud. Una revisión sistemática de estudios sobre personas bajo amenaza de desahucio encontró asociaciones tanto con peores resultados de salud mental (incluyendo depresión, ansiedad y malestar psicológico) como de salud física (entre ellos, peor salud autopercibida y mayor presión arterial). Estos efectos pueden extenderse además al conjunto del hogar. En familias con niños, por ejemplo, estudios recientes han asociado el estrés familiar ante la posibilidad de perder la vivienda con una mayor incidencia de problemas de salud mental infantil, particularmente depresión y ansiedad.

Cuando esa inseguridad acaba traduciéndose en una mudanza no deseada, pueden aparecer además otras consecuencias. La inestabilidad residencial puede interrumpir la continuidad de la vida cotidiana, alterando las redes sociales y de cuidados, la escolarización o el acceso a servicios. Esta continuidad puede ser especialmente importante en determinadas etapas de la vida, como durante la infancia y juventud o a medida que envejecemos.

Más allá del régimen de tenencia

Numerosos estudios han encontrado históricamente mejores indicadores de salud entre propietarios que entre inquilinos. Sin embargo, interpretar estas diferencias como un efecto directo del régimen de tenencia sería demasiado simplista. Propiedad y alquiler se relacionan también con los ingresos y el patrimonio, las características de la vivienda y, de manera especialmente relevante, con la seguridad y estabilidad residencial.

La evidencia reciente ayuda a matizar esta relación. Un estudio publicado en 2026 encontró que la brecha de salud mental entre propietarios e inquilinos en Estados Unidos se había ampliado en los últimos años, especialmente en aquellas zonas donde más habían aumentado los alquileres. Otro estudio, realizado entre inquilinos de bajos ingresos en Australia, observó que un incremento del alquiler igual o superior al 10% se asociaba con un posterior deterioro de la salud mental.

Pensar la vivienda desde la salud pública exige mirar más allá de sus condiciones físicas. Importa que una vivienda sea adecuada a las necesidades de quienes la habitan, pero también que su coste no obligue a sacrificar otras necesidades esenciales y que exista suficiente seguridad para poder construir en ella un hogar con continuidad.

Pero quizá uno de los resultados más interesantes procede de un estudio longitudinal que analizó qué ocurría cuando los inquilinos permanecían en la misma vivienda: aunque inicialmente presentaban peores indicadores de salud mental que los propietarios, tras superar los cinco años de residencia estable esa diferencia dejaba de ser estadísticamente significativa.

Estos resultados apuntan a una distinción importante: vivir de alquiler y vivir en situación de inseguridad residencial no son necesariamente lo mismo. Más que el régimen de tenencia por sí solo, importa considerar las condiciones asociadas a ese régimen y, entre ellas, la posibilidad de mantener una vivienda asequible y una expectativa razonable de permanencia.

Pensar la vivienda desde la salud pública exige, por tanto, mirar más allá de sus condiciones físicas. Importa que una vivienda sea adecuada a las necesidades de quienes la habitan, pero también que su coste no obligue a sacrificar otras necesidades esenciales y que exista suficiente seguridad para poder construir en ella un hogar con continuidad.