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De la curiosidad a la lucha contra virus letales: mi camino con el Ébola y el Nipah

18.2.2026
Beatriz Escudero. ©BNITM  Dino Schachten
Foto: © BNITM / Dino Schachten - Beatriz Escudero en un laboratorio de bioseguridad de nivel 4 del Bernhard Nocht Institute for Tropical Medicine (BNITM), en Hamburgo (Alemania).

Todo empezó cuando era niña, con un libro olvidado al lado del sofá. Hoy investigo los virus de Nipah y del Ébola en laboratorios de máxima bioseguridad.

Nunca pensé que una gripe infantil acabaría marcando mi carrera científica. Tenía diez años, estaba en casa, en el sofá, con fiebre y aburrida, y el único libro a mi alcance era Zona caliente. El título no prometía nada bueno, pero no había alternativa. Empecé a leer sin saber muy bien qué era un virus, qué significaba “ébola” ni por qué un peligro invisible era capaz de poner en jaque a países enteros. No entendí todos los detalles, pero sí entendí algo fundamental: aquel virus era real, era letal y era profundamente inquietante.

Durante semanas tuve pesadillas. Pero también curiosidad. Mucha. ¿Cómo podía algo tan pequeño causar tanto daño? ¿Por qué el cuerpo humano no podía defenderse? Sin saberlo, aquel libro sembró una obsesión que nunca me ha abandonado.

Hoy sigo creyendo que la curiosidad, incluso la que nace del miedo, puede ser una de las mejores defensas frente a los virus. Porque entenderlos es, en sí mismo, una forma de protegernos.

Años después estudié Biología de la Salud y, cuando llegó el momento de elegir un Erasmus, tuve claro que quería acercarme a ese virus que me había fascinado y aterrorizado a partes iguales. Me fui a Lyon por seis meses pero me quedé ocho años en Francia y siete más en Alemania. El plan inicial se diluyó rápidamente: primero doctorado, luego postdoctorado y, finalmente, jefa de equipo en laboratorios de alta seguridad. Todo por culpa -o gracias- a virus como el del Ébola… y el de Nipah.

El día que conocí a Nipah

El virus de Nipah no es tan famoso como el del Ébola, pero eso no lo hace menos peligroso. Mi primer contacto con él fue casi por casualidad, al empezar a trabajar con virus altamente patógenos. Me atrajo de inmediato por varias razones: su elevada letalidad, su capacidad para infectar distintos animales y humanos, y sobre todo, porque sigue siendo un gran desconocido para el público general.

Partículas del virus de Nipah. Foto: NIAID.
 

El de Nipah es un virus zoonótico: su huésped natural son los murciélagos frugívoros, y los humanos somos huéspedes accidentales. No es un virus nuevo, se identificó por primera vez en 1998, pero casi cada año reaparece en forma de brotes, sobre todo en el sur y sudeste asiático. En algunos de ellos, la letalidad del Nipah ha llegado a ser incluso superior a la del ébola.

Y, sin embargo, hasta hace poco, casi nadie ha oído hablar de él.

Trajes hinchables y presión negativa

Trabajar con el virus de Nipah (y con el del Ébola) no es exactamente como aparece en las películas, pero tampoco es rutinario. Estos virus solo pueden manipularse en laboratorios de nivel de bioseguridad 4, los más altos que existen. Son instalaciones con cascadas de presión negativa para evitar cualquier fuga, en las que el personal científico trabaja con trajes presurizados que se hinchan como el muñeco de Michelin. No, no son nada sexys pero, aunque no ganen concursos de moda, cumplen su función esencial: mejorar la seguridad y reducir al máximo los riesgos al trabajar con estos virus.

Estos virus solo pueden manipularse en laboratorios de nivel de bioseguridad 4, los más altos que existen. Son instalaciones con cascadas de presión negativa para evitar cualquier fuga, en las que el personal científico trabaja con trajes presurizados que se hinchan como el muñeco de Michelin.

Pero la seguridad no depende solo de la tecnología. He trabajado muchas veces en África, donde no existen estas infraestructuras, y allí aprendí una lección clave: trabajar de forma segura es, sobre todo, trabajar con rigor y entender lo que tienes entre manos. La bioseguridad empieza en la cabeza.

¿Qué tiene el virus de Nipah de especial?

Como científica, lo que me enganchó del virus de Nipah fue una combinación inquietante de factores. Su letalidad es muy elevada y tiene una capacidad notable para infectar a distintos mamíferos, incluidos los humanos. Además, el virus de Nipah es especialmente eficaz a la hora de desactivar las defensas del sistema inmunitario, lo que le permite propagarse rápidamente por el organismo. Puede causar síntomas respiratorios graves, pero también afectar al sistema nervioso central y provocar encefalitis potencialmente mortal. A día de hoy, no existen vacunas ni tratamientos ampliamente aprobados, lo que, unido a su elevada letalidad y a su capacidad de salto entre especies, lo convierte en una amenaza que la ciencia no puede permitirse ignorar.

¿Seguiremos oyendo hablar de Nipah?

Probablemente sí. No porque sea un virus emergente nuevo, sino porque cada vez aumenta más el contacto estrecho entre animales, humanos y medio ambiente, y esto facilita que este virus salte entre especies y reaparezca de forma recurrente.

La buena noticia es que, hasta ahora, los brotes del Nipah se han gestionado razonablemente bien: la transmisión entre humanos es limitada y los sistemas de vigilancia han mejorado mucho. Ademas, hay motivos para el optimismo: ya existen varias vacunas en ensayo clínico, dos en fase I y una en fase II, un paso clave para estar mejor preparados ante futuros brotes.

¿Cómo podemos prepararnos?

Invertir en investigación, fortalecer la vigilancia epidemiológica (incluida la vigilancia en reservorios animales como los murciélagos) y fomentar la cooperación internacional contribuyen a mejorar la preparación ante brotes y pandemias, y promueven la salud global. Entender que los virus no conocen fronteras y que la prevención empieza mucho antes del primer caso. Y, sobre todo, no esperar a que un virus tenga nombre de película para prestarle atención.

Todo empezó con un libro olvidado al lado del sofá. Hoy sigo creyendo que la curiosidad, incluso la que nace del miedo, puede ser una de las mejores defensas frente a los virus. Porque entenderlos es, en sí mismo, una forma de protegernos.