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La epidemia de malaria en Venezuela requiere mayor atención internacional

04.5.2021
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Foto: Wilfredor / Wikimedia Commons. - Maracaibo, Venezuela.

[Este texto ha sido escrito por Juan Carlos Gabaldón, Medical Research Fellow de la Universidad de Navarra (UNAV), y Carlos Chaccour, Assistant Research Professor y Director Científico del proyecto BOHEMIA. Una versión de este artículo fue publicada por el portal venezolano Cinco8, el 27 de abril de 2020.]

 

Hoy en día, es fácil olvidar que existen otras enfermedades infecciosas que requieren nuestra atención aparte del COVID-19. Desde el comienzo de la pandemia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y una gran cantidad de voceros globales han recordado a la comunidad internacional y los gobiernos de distintos países, la importancia de mantener activos los programas de control y vigilancia epidemiológica contra la malaria y otras enfermedades infecciosas que seguirán representando serios retos para la salud pública incluso cuando el mundo haya superado la actual pandemia.

Tras décadas de progreso sostenido, y a pesar de importantes logros, América Latina se encuentra lejos de las metas de eliminación de la malaria de la OMS. Esto es, en gran medida, una consecuencia del dramático incremento de casos en Venezuela

Sin embargo, estas discusiones pocas veces se extienden más allá del continente africano. Es lógico, después de todo, ningún lugar del planeta es azotado tan fuertemente por la malaria cómo el África sub-sahariana, donde la inmensa mayoría de los casos y muertes por esta enfermedad ocurren cada año.

Pero la malaria es un problema casi global. Siempre lo ha sido, y lo seguirá siendo por un largo tiempo. América Latina, el Sur y el Sureste Asiático, y muchas de las islas del Pacífico tropical son zonas donde, si bien no en la misma magnitud que en África, la enfermedad sigue representando una importante carga para los sistemas sanitarios.

La situación de la malaria en las Américas es particularmente preocupante.

Tras décadas de progreso sostenido en la región, y a pesar de la consecución de importantes logros, como la reciente eliminación de la enfermedad en El Salvador, América Latina se encuentra lejos de las metas de eliminación trazadas por la OMS. Esto es, en gran medida, una consecuencia del dramático incremento de casos en Venezuela, un país cuyo reciente desempeño en el control de la malaria contrasta con los logros alcanzados en esta materia en un pasado no tan lejano.

La malaria ha sido un problema en Venezuela desde hace siglos, como bien atestigua su marca en la cultura y literatura del país suramericano. Casas Muertas, un famoso libro del escritor venezolano Miguel Otero Silva lo ejemplifica a la perfección:

“En el autobús amarillento que corría desalado por los Llanos no se hablaba de la propia desventura sino de la ya consumada desventura de Ortiz y su gente. No bien se perdieron en el polvo las últimas ruinas, uno de los estudiantes, el regordete de los grandes anteojos exclamó: -¡Qué espanto de pueblo! Está habitado por fantasmas. Y el del sincero rostro redondo: -¿Y las casas? Me duelen las casas. Parece una ciudad saqueada por una horda. Y el mulato corpulento, estudiante de medicina: -Una horda de anofeles. El paludismo la destruyó”

Casas Muertas. Miguel Otero Silva (1955).

Hasta mediados del siglo XX, las hordas de Anopheles descritas en la obra de Otero Silva hacían estragos en todo el interior del país, donde el clima es particularmente propicio para su desarrollo.

Esto cambió entre 1936 y 1970, cuando una de las campañas antimaláricas más importantes del continente, liderada por el Dr. Arnoldo Gabaldón, permitió el crecimiento de ciudades y pueblos como Ortiz, en los que por años, la enfermedad había limitado el desarrollo económico que la industria petrolera impulsó en el resto del país.

Río Limón, Venezuela. Jaimeluisgg / Wikimedia Commons.

La eliminación de la malaria del centro de Venezuela representó una ganancia de más de 400.000 km2 en el territorio económicamente explotable del país, lo que se tradujo en un crecimiento demográfico y económico sumamente acelerado durante la segunda mitad del siglo XX.

La realidad actual del país es muy diferente. Venezuela acumula más de la mitad de los casos y el 73% de las muertes por malaria en América, según las últimas estimaciones de la OMS. El número de casos por cada mil personas en riesgo en el país es ocho veces mayor al de Brasil, el segundo país en la región con la mayor incidencia.

Venezuela acumula más de la mitad de los casos y el 73% de las muertes por malaria en América. El número de casos por cada mil personas en riesgo en el país es ocho veces mayor al de Brasil, el segundo país en la región con la mayor incidencia

A pesar de esto, en un artículo recientemente publicado en la revista científica The Lancet Global Health, un grupo de investigadores venezolanos y españoles describimos cómo los éxitos pasados alcanzados por el país contra la enfermedad, ahora limitan lo que los investigadores pueden hacer al respecto.

A finales de la década de los 70, Venezuela parecía encaminada al desarrollo. La explotación de las riquezas petroleras, en conjunto con el éxito de las campañas de salud pública, dispararon el ingreso anual per cápita del país, llevándolo a ser calificado cómo una economía de medianos-altos ingresos. Esa calificación, determinada por el Banco Mundial, se mantiene hoy en día, a pesar de que para 2019 se que más de la mitad de la población vivía por debajo de la línea de pobreza crítica . Los datos más recientes usados por el Banco Mundial, que datan de mediados de 2019, no han tomado en cuenta la magnitud total de la contracción económica del país, ocurrida entre 2013 y la actualidad.

La clasificación como país de mediano-alto ingreso limita el financiamiento que muchos grupos y agencias internacionales pueden ofrecer. Si bien Venezuela es teóricamente elegible en muchos de estos esquemas, en la práctica el financiamiento suele ser priorizado, por razones lógicas, a países de medianos-bajos ingresos.

La clasificación de Venezuela como país de mediano-alto ingreso limita el financiamiento que muchos grupos y agencias internacionales pueden ofrecer. 

En Venezuela este financiamiento externo resulta fundamental.

El resurgimiento de la enfermedad, particularmente en las zonas mineras al sur del río Orinoco, desde donde ha sido reintroducida a todos los estados del país, es consecuencia directa de la desinversión del estado venezolano en el programa nacional de malaria . El presupuesto gubernamental destinado al control de la malaria en el país pasó de 9 millones de dólares en 2015, año en que los casos comenzaron a incrementarse de forma más dramática, a menos de mil dólares en 2018 (concretamente USD 912,49, de acuerdo a cifras de la OPS).

Durante ese período, y desde entonces, las pocas actividades de control llevadas a cabo en el país fueron financiadas directamente por la OPS.

Aparte del financiamiento limitado por parte de este organismo, Venezuela ha recibido poca atención por parte de otras agencias financiadoras. El Fondo mundial para la lucha contra el VIH/SIDA, la tuberculosis y la malaria (Global Fund to fight malaria, AIDS and Tuberculosis), la más importante de estas -y cuyos fondos suelen limitarse a países de medianos-bajos ingresos- recién aprobó 19 millones de dólares para Venezuela en 2019, de forma excepcional, y basándose en la magnitud de la epidemia de malaria en el país.

 

Estos fondos deberán ser transferidos al país en el transcurso de este año, para fortalecer las estrategias de diagnóstico, tratamiento y prevención de la enfermedad.

Sin embargo, en un contexto políticamente tan complejo como el venezolano es fundamental que el uso de estos recursos sea sometido a escrutinio internacional. El gobierno venezolano no publica cifras epidemiológicas oficiales de ningún tipo (exceptuando los reportes de COVID-19), desde el año 2016. Lo que sabemos sobre la magnitud de la epidemia de malaria viene de los datos que aún se suministran a la OPS, y que son publicados anualmente en el Informe Mundial de Malaria de la OMS. El primer paso para planificar una política de control racional contra la enfermedad es hacer públicos estos registros y sincerar la magnitud del problema.

El gobierno venezolano no publica cifras epidemiológicas oficiales de ningún tipo (exceptuando los reportes de COVID-19), desde el año 2016. Lo que sabemos sobre la magnitud de la epidemia de malaria viene de los datos que aún se suministran a la OPS

Además, la sociedad médica-científica venezolana, con una vasta experiencia en el control de enfermedades tropicales, debe jugar un rol protagónico en la planificación, ejecución y evaluación de cualquiera de estos programas, garantizando que todos los recursos aprobados se usen para beneficiar a quienes más lo necesitan, y de la forma más eficiente, sin discriminación política o ideológica de ningún tipo.

En ausencia de cifras oficiales, es de esperar que los casos de malaria en Venezuela durante el 2020 hayan sido considerablemente menores a los 467.000 estimados por la OMS en 2019.

Por un lado, debido al trabajo de algunas ONG en conjunto con la OPS y representantes de comunidades indígenas, que llevan las actividades de vigilancia epidemiológica en algunas de las zonas más remotas del país. Pero, sobre todo, debido a las restricciones de movilidad causadas por la pandemia de COVID-19 y la cada vez más común escasez de combustible en el interior del país, lo que ha reducido el número de personas que viajan -y se infectan- a las zonas mineras del estado Bolívar, el epicentro de la epidemia nacional.

Sin embargo, en ausencia de un programa nacional bien planificado, con amplia participación de la comunidad médica y científica del país, y con los fondos necesarios para llevar a cabo intervenciones de la magnitud requerida por la crisis, no se obtendrán beneficios duraderos.

En ausencia de un programa nacional bien planificado, con amplia participación de la comunidad médica y científica del país, y con los fondos necesarios para llevar a cabo intervenciones de la magnitud requerida por la crisis, no se obtendrán beneficios duraderos

La carga que representa la malaria para Venezuela no es la de África y jamás lo será, pero para los venezolanos atrapados en los párrafos de Otero Silva, la tragedia sigue siendo igual de real. El país necesita ser priorizado y tomado en cuenta más ampliamente por las agencias financiadoras, que no deben limitarse únicamente a aprobar fondos, sino a garantizar que los mismos sean invertidos en beneficios para la población, de forma justa y equitativa.

La alternativa a esto es arriesgar un dramático empeoramiento de la situación, no solo en Venezuela, sino en toda la región.