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Sinergias mortales

24.4.2020

La COVID-19 ha llegado tarde a África. A fecha de 24 de abril de 2020, en la región africana de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se habían registrado 17.484 casos confirmados y 784 muertes en 45 de 47 países. Este retraso ha permitido a los gobiernos prepararse para la pandemia, aumentando su capacidad de hacer pruebas diagnósticas, limitando los viajes y, en algunos casos, estableciendo medidas de distanciamiento social. Las previsiones sobre cuál será el impacto directo de la pandemia en este continente son variadas, pero hay pocas razones para ser optimistas. Sólo el virus nos lo dirá...

Los efectos de la pandemia en los sistemas de salud, disminuyendo su capacidad para proveer otros servicios básicos, seguramente multiplicará los efectos de otras enfermedades de manera dramática

Las consecuencias secundarias de la COVID-19 en Africa son, sin embargo, más predecibles, y también muy, muy preocupantes. Las muertes por COVID-19 no se limitarán a sumarse a las causadas por las enfermedades infecciosas que ya de por sí asolan a este continente, incluyendo la malaria, la tuberculosis, el SIDA o el sarampión, sino que los efectos de la pandemia en los sistemas de salud, disminuyendo su capacidad para proveer otros servicios básicos, seguramente multiplicará los efectos de otras enfermedades de manera dramática. En este Día Mundial de la Malaria, la OMS calcula que este efecto podría causar hasta 380.000 muertes adicionales por malaria, lo que equivale a multiplicar por dos el impacto de esta enfermedad.

Los efectos de la COVID-19 en la malaria se sentirán por diferentes causas: si se interrumpe la distribución de medidas preventivas –como las redes mosquiteras, la fumigación con insecticidas y la profilaxis para las poblaciones de mayor riesgo–, los casos van a aumentar. Y si estos casos no pueden tratarse de manera adecuada porque la gente tiene miedo a contagiarse del nuevo virus si acude a un centro de salud, si los desplazamientos de personas con fiebre están prohibidos o, simple y llanamente, no hay medicinas, las tasas de mortalidad también van a subir. Las sinergias, en este contexto, son el peor de los escenarios.

Epidemias anteriores en Africa nos han dejado aterradoras lecciones sobre cómo el colapso de los sistemas de salud puede afectar la mortalidad por enfermedades diferentes. Quizás no sabemos cómo evolucionará la COVID-19 en Africa, pero su impacto potencial en otros ámbitos sanitarios como la malaria ya ha sido calculado. La OMS ha publicado un informe en el que se analizan 9 escenarios diferentes dependiendo del nivel de afectación de las intervenciones contra la malaria. Los resultados son una llamada a la acción como nunca antes habíamos tenido.

Sabemos ya que, de los alrededor de 25 países africanos que tenían previstas campañas de distribución de redes mosquiteras en 2020, al menos 4 han decidido postergarlas o suspenderlas. También sabemos que el tratamiento de la enfermedad a nivel comunitario está amenazado por la falta de material de protección para los trabajadores sanitarios. Y enfrentamos además el problema de que las estrategias para prevenir la transmisión de la COVID-19 (como la cuarentena) entran en conflicto con la necesidad de buscar atención médica contra la malaria, siendo la fiebre el síntoma principal de ambas enfermedades.

La OMS ha hecho un llamado urgente a los países endémicos de malaria para que continúen con todas las medidas de control previstas contra la malaria

La OMS ha hecho un llamado urgente a los países endémicos de malaria para que continúen con todas las medidas de control previstas contra la malaria, y también ha publicado lineamientos técnicos sobre cómo adaptar estas intervenciones al nuevo contexto con el fin de minimizar el riesgo de transmisión de la nueva enfermedad. En sus propias palabras, “la COVID-19 puede ser devastadora por sí misma, pero esta devastación se verá sustancialmente amplificada si la respuesta contra ella mina la provisión de los servicios contra otras enfermedades con los que se pueden salvar vidas”.

La pandemia de COVID-19 ha hecho experimentar en carne propia a los países más desarrollados lo que significa vivir con un sistema de salud colapsado: la imposibilidad de dar un tratamiento adecuado suma al sufrimiento colectivo miles de muertes que podrían, de otro modo, haberse evitado. Esto es exactamente lo que sucede en África en circunstancias “normales”. En el caso de malaria, sólo en 2018 hubo alrededor de 380.000 muertes por una enfermedad que se puede curar, y alrededor de 215 millones de casos clínicos de una enfermedad para la que existen medidas preventivas. El reto ahora es que la COVID-19 no profundice la carga de enfermedades que ya de por sí afectan a las regiones más pobres del mundo de manera completamente injusta y desproporcionada. Que lloremos al menor número posible de personas. No decenas o cientos de miles más.