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Actualidad

Lo que sigue da cuenta de nuestra experiencia en la unidad de maternidad del Saint Joseph's Catholic Hospital de MonroviaExisten muchas maneras de hacerse famoso; lamentablemente África occidental pasará a la historia por haber sido el lugar del mundo más castigado por el peor brote de ébola. La enfermedad del Ébola se conoce desde 1976, pero en esta parte del mundo nada se sabía de ella hasta noviembre de 2013, cuando aparecieron los primeros casos en Guinea Conakry. Las deficiencias del sistema de salud, la mala comunicación y la falta de coordinación y recursos contribuyeron a la rápida propagación de la enfermedad en toda esta subregión. El ébola provocó pánico y miedo entre la población de los países afectados; muchos centros de salud cerraron porque los profesionales de salud –que hicieron grandes sacrificios durante el brote– comenzaron a tener miedo de tratar a pacientes con síntomas parecidos a los del Ébola. Es decir, el virus mataba a una persona directamente y a varias indirectamente –principalmente mujeres–, ya que todas las complicaciones del embarazo son parecidas a las del ébola (por ejemplo, infección, eclampsia, sangrado...).

Nuestra mayor preocupación pasó a ser encontrar la manera de atender a una mujer embarazada evitando el contacto, para lo cual acabamos desarrollando un protocolo innovadorNuestra intervención como luchadores contra el ébola se dirigió no tanto a tratar a los pacientes afectados como a evitar que aquellos que no estaban infectados con el virus del Ébola falleciesen debido a la falta de atención adecuada. Prestar atención de salud materna en el contexto del brote constituyó todo un reto. Lo que sigue da cuenta de nuestra experiencia en la unidad de maternidad del Saint Joseph's Catholic Hospital de Monrovia (Liberia) desde noviembre de 2014 a junio de 2015. Nuestro principal método de trabajo consistió en adaptar los protocolos de Prevención y Control de las Infecciones (PCI) a la realidad de nuestra unidad de maternidad de referencia desde la que atendíamos todas situaciones de emergencia obstétrica. La principal regla del PCI se basaba en la política de no contacto, de modo que nuestra mayor preocupación pasó a ser encontrar la manera de atender a una mujer embarazada evitando el contacto, para lo cual acabamos desarrollando un protocolo innovador.

Los casos sospechosos se enviaban al centro de retención (un edificio separado del hospital principal), que se consideraba zona rojaEn la puerta de entrada al hospital, se tomaba la temperatura a todas las mujeres y se procedía al lavado de manos con una solución de cloro al 0,05 %. A continuación, se realizaba un proceso de clasificación para separar los casos sospechosos (paciente con fiebre más otros 2 o 3 síntomas de ébola, como sangrado, dolor corporal, vómitos y convulsiones) de los casos descartados (pacientes que solo presentaban complicaciones relacionadas con el embarazo). Los casos sospechosos se enviaban al centro de retención (un edificio separado del hospital principal), que se consideraba zona roja: un área en donde era obligatorio utilizar equipos de protección personal avanzados. Se hacía una valoración rápida del estado del paciente, se tomaba una muestra de sangre para determinar las enfermedades endémicas más importantes (por ejemplo, malaria y fiebre tifoidea) y la enfermedad por virus del Ébola (EVE). La paciente recibía un tratamiento inicial en espera del resultado de la prueba de EVE. En los casos en los que la prueba de EVE era negativa, la paciente quedaba descartada y se derivaba a la unidad de maternidad para ser atendida allí. En el centro de retención de pacientes, se dispuso una sala de partos para atender a aquellas mujeres en avanzado estado de gestación que no podían esperar a la recepción del resultado de la prueba.

Durante un período de 6 meses, realizamos pruebas de cribado a 4.000 mujeres embarazadas, atendimos 700 partos y practicamos 250 cesáreas A las pacientes asintomáticas se las enviaba a atención prenatal, una nueva prueba de cribado en la que se comparaba la información de la anamnesis con la de clasificación. A continuación, mediante ecografía, se hacía una adecuada valoración de la paciente sin establecer contacto. Se remitía a las pacientes que estaban de parto a la unidad de maternidad, que se encontraba dividida a su vez en tres áreas: zona roja (sala de preparación al parto y sala de partos, en las cuales los profesionales estaban expuestos a gran cantidad de fluidos corporales), zona amarilla (postparto, con un menor grado de secreciones) y zona verde (estación de enfermería). Durante un período de 6 meses, realizamos pruebas de cribado a 4.000 mujeres embarazadas, atendimos 700 partos y practicamos 250 cesáreas. Y, lo más importante de todo, evitamos la muerte de muchas mujeres embarazadas identificadas erróneamente como casos sospechosos de ébola. Con todo, la lucha contra el ébola sigue en pie.

[El Dr Rudy Lukamba es Coordinador Médico sobre el Terreno de la Fundación Mujeres por África de Monrovia (Liberia). Esta semana participa en el taller Safe Mothers and Newborns, que se celebra en CaixaForum Barcelona.]

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Graça Machel visita ISGlobal

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En estados en los que la mortalidad materna presenta cifras más elevadas la atención de parto institucionalizado disminuye a un 70% aproximadamenteMéxico es un país privilegiado de una diversidad natural y cultural que ha determinado en muchos sentidos el ejercicio del derecho a la salud de las mujeres con un claro impacto en la salud materna y perinatal. Marcado por una profunda desigualdad social que se contrapone con su riqueza natural y cultural. Lo cual determina el acceso y ejercicio del derecho a la salud de las mujeres desde la forma de nacer a la forma de morir.

El sistema de salud tradicional, predominante en regiones con población indígena y rural ha sido invisibilizado, relegado y hasta satanizado por el sistema de salud institucionalLa partería es una actividad ampliamente difundida y realizada en prácticamente todo el mundo, sin embargo la definición, el concepto y  el significado que cada cultura da a sus parteras varía mucho en concordancia con su propio sistema de usos y costumbres, pero también puede variar entre personas dentro de una misma cultura independientemente de su cosmovisión. Por otra parte, la partería es “todo servicio de salud y personal de salud requerido para apoyo y atención a las mujeres y recién nacidos durante el periodo prenatal, embarazo, parto y postparto, … abarca atención prenatal, prevención, detección de complicaciones y atención de emergencias en caso de no constar con personal médico calificado” (Sow My 2014:206, en “El Estado de las Parteras”, CPMSM, México 2014). Por lo tanto, la partera o partero es cualquier persona que dedique su labor al proceso obstétrico, independientemente de su grado de profesionalización.

Aproximadamente el 85 % de los partos registrados en México son atendidos en alguna institución de salud (APV, México, 2012). Sin embargo, en los estados en que la mortalidad materna presenta cifras más elevadas, como Chiapas, Guerrero y Oaxaca, la atención de parto institucionalizado disminuye a un 70% aproximadamente. Estos partos son atendidos en su mayoría por parteras tradicionales, ya sea en respuesta a un sistema de usos y costumbres en los que se incluye el sistema de salud tradicional; o por ser la única alternativa, por inasequibilidad, inaccesibilidad en poblaciones lejanas y dispersas, poca aceptabilidad de la población a recibir atención institucional por desconfianza o incompatibilidad cultural, por mencionar algunos aspectos. Una de las principales estrategias que el gobierno mexicano implementó durante el sexenio pasado fue invertir en una mayor infraestructura en salud, de esta forma se construyeron más clínicas y hospitales de segundo y tercer nivel; sin embargo, muchas de estas obras quedaron inconclusas y poco funcionales, las que existen no son suficientes para cubrir la demanda, y la calidad de los servicios deja aún mucho que desear en términos de insuficiencia de insumos, deficiencias en la calidad técnica, calidez y accesibilidad de los servicios.

Las parteras tradicionales no solo atienden alrededor del 60% de los partos de las regiones indígenas rurales del país, sino que son un símbolo cultural de todo el proceso de la maternidadEl sistema de salud tradicional, predominante en regiones con población indígena y rural ha sido invisibilizado, relegado y hasta satanizado por el sistema de salud institucional. A pesar de que la normativa mexicana para la atención de la mujer durante todo el proceso obstétrico desde su origen hasta su reciente actualización en el año 2010, así como demás lineamientos y programas de acción específicos para la atención materna, incluyen elementos interculturales para la atención en salud materna y perinatal, en los hechos aún existe una brecha importante para lograr una adecuación intercultural en los servicios de salud en México.

En una ocasión, hace poco más de un año, una residente del servicio de gineco-obstetricia de un hospital local en el estado de Chiapas expresó que esperaba de corazón que con mi participación como  nueva responsable del programa de salud materna de la región pudiera hacer algo para hacer desaparecer a todas las parteras, censurarlas y juzgarlas, porque ponen en riesgo la vida de muchas mujeres. Esta opinión no es poco común entre el personal que se encuentra laborando en un hospital al que consideramos resolutivo (y otras unidades de primer nivel de atención), ya que la perspectiva que se tiene de la parturienta es la de aquella que acude precisamente con complicaciones obstétricas. Las mujeres que acuden a una unidad médica a la resolución de su embarazo sin haber presentado complicaciones solo representan la punta del iceberg, la base simboliza el restante 60 a 70% del que hablábamos antes.

Integrar a las parteras tradicionales como elementos clave de la atención de la mujer en las etapas pregestacional, gestacional, intraparto y postparto es uno de los retos más grandes que enfrenta el paísLas parteras tradicionales no solo atienden alrededor del 60% de los partos de las regiones indígenas rurales del país, sino que son un símbolo cultural de todo el proceso de la maternidad: acompañan a la parturienta y a la familia, la guían, rezan y ofrecen elementos medicinales tradicionales que le serán benéficos a ella y a su bebé no solo en el parto y el puerperio, sino durante todo el proceso obstétrico desde el inicio de la gestación. A ello se añaden otros elementos del paisaje de la atención obstétrica tradicional como mantener una temperatura cálida, la presencia de uno o más integrantes de la familia propia o política, además de la interacción directa de la pareja, la presencia de algunos elementos religiosos o rituales específicos. Todo lo anterior transforma el paisaje frío, indiferente y solitario de los hospitales y demás unidades médicas institucionales.

Integrar a las parteras tradicionales como elementos clave de la atención de la mujer en las etapas pregestacional, gestacional, intraparto y postparto es uno de los retos más grandes que enfrenta el país como una estrategia de impacto en la reducción de la morbi-mortalidad materna y perinatal, más allá de reconocer su existencia en censos nominales, ya que no existe un presupuesto específico destinado para las parteras. Es necesaria la creación de políticas y programas enfocados a las parteras, empoderarlas como actrices comunitarias de salud, fomentar su participación activa en los comités de salud locales, así como la generación de comités comunitarios de salud materna y perinatal para la construcción de los planes de seguridad locales para la atención inmediata de la emergencia obstétrica. Aunado a lo anterior, debemos fomentar la construcción de casas de parteras como parte de la red obstétrica comunitaria, dotar estas casas de insumos para la atención de parto sin complicaciones y la capacitación técnica constante y permanente de las parteras tradicionales.

 

[La Dra. Luz María Soto es una de las participantes en el taller Safe Mothers and Newborns, que se celebra en CaixaForum Barcelona entre los días 28 de junio y 3 de julio de 2015]

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